Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 8

BERLÍN, ALEMANIA Ansiedad C LA PEOR VELADA DEL AÑO, JULIO ierro la puerta. Apago las luces. Tumbado boca arriba, me concentro en la sensación que me come por dentro. Cierro los ojos y busco a mi voz interior. Siento como mis extremi- dades comienzan a reprodu- cir una oleada de hormigueo. Empieza por los pies y llega hasta la falange del dedo más largo. Siento cómo una inquietan- te fuerza absorbe todos mis pensamientos. Cada vez me cuesta más res- pirar. Escucho un ligero pitido en el fondo de mi cabeza. El tím- pano se ha vuelto loco. Aprieto el puño con fuerza y siento el latido de mi corazón. Como una montaña rusa, se descontrola. No entiendo nada. Me siento como un niño atrapado en una jaula que se contrae con velocidad. Parece que no va a parar nunca. Respiro por la nariz y noto cómo mis pulmones chocan con las costillas. Pero, como una botella agujereada, nunca acaban llenándose por com- pleto. Puedo percibir el latido de mi corazón recorriendo las venas de mi agonizante cuello. Cada vez me duelen más los músculos agarrotados y ten- sos por la mala postura. El pitido se hace más fuerte. Ahora sólo soy un tronco ahogado en aguas turbias, movido por la fuerza de un río descontrolado, incapaz de dar la vuelta y luchar contra la corriente. Hay algo que me dice, sin decirlo, que solo quedan unos metros para llegar a un acan- tilado. Parece que voy a pre- cipitarme por las cataratas del Iguazú. Cada vez me cuesta más res- pirar. Por mucho que intente ig- norar la sombra que se mueve mueve dentro de mi cabeza, un in- tangible foco ilumina su silueta y evita que de media vuelta. Se dirige hacia mí. La veo con toda claridad. Pero sigue siendo una figura te- ñida de negro. Cada paso que da, el tronco se acerca más al acantilado. Siento que mi cerebro se ahoga. No hay oxígeno para tantas neuro- nas. <>. Pero no cede. El tronco sigue avanzando al igual que el extraño individuo. Siento como mi estómago se aga- rrota, provocando una ligera sen- sación de vómito. Intento huir de todo lo que me rodea, pero no puedo controlar mis músculos; estoy paralizado. Siento cómo pensamientos nega- tivos pululan en mi mente, pero no puedo captarlos. Parece que pro- vienen de una cuarta dimensión. La parte más pesimista de mí toma el control de la situación. Me siento ahogado en mis pro- pios fluidos. Mi vejiga parece estar a punto de estallar. De pronto, todo se desvanece. Me veo en frente de una tarta que no puedo probar. Cucharilla en mano, meto un pequeño trozo en la boca. Pero soy incapaz de tragarlo. Siento como los músculos de mi garganta se contraen. Procuro di- luirlo en mis fluidos bucales. Pero nada. No hay manera. Me siento impotente, inútil. Lo intento una vez más; esfuerzo en vano. Imposible. Me cuesta respirar. El pulso se me acelera y siento el latido de mi corazón retumbando por toda mi cabeza. Una omnisciente fuerza se apodera de mi conciencia. Me vie- nen pensamientos de todo tipo. Voy a morir ahogado. Desnutri- do. Sentado. Dicen que es mejor morir de pie que de rodillas; que sentado. Intento moverme, pero no pue- do. Espera. Dicen que el pasado puede evitar errores en el presente. Esto lo he vivido. Ahora todo tiene sentido. Si aquella vez lo superé, ¿por qué no ahora? De pronto, el río se seca. Y la sombra se desvanece junto al bri- llante foco. Ahora me veo frente un espejo. El reflejo me sonríe con la tran- quilidad de un niño en brazos de su madre. Siento como si me hubieran qui- tado un peso de encima. El reflejo me devuelve, una vez más, una melosa sonrisa. Noto como pequeñas partículas atravie- san el panel bruñido que devuelve mi propia imagen. Las partículas entran por sus orejas como si de ondas se tratara, mientras los pensamientos nega- tivos se extinguen. No es labor de bomberos extinguir pensamientos, sino fuego. En una fracción de milésima de segundo, mi reflejo desaparece. El espejo no devuelve ninguna ima- gen más que el solitario y desnudo cubículo donde me encuentro. Se oyen truenos a través de ven- tanas que no veo. Se ven los rayos caer de un cielo azul, desnudo y soleado, a través de unas paredes llenas de ventanas cerradas. La presión que el cielo ejerce so- bre mí vuelve a pisarme tan fuerte como la bota de un gigante. Como niños que juegan a matar hormi- gas. La silueta de antes vuelve a apa- recer. Puedo leer en su frente la palabra "muerte" escrita en color rojo san- gre. Lo más inquietante es que to- davía está húmedo y desprende un olor agrio, espeso y fétido. Entonces recuerdo que soy dal- tónico. El rojo ahora pasa a ser un verde chillón. << ¿Acaso es un sueño?>>. Todavía hay esperanza. Siento que mi vejiga se desborda como la presa de un desierto don- de nunca ha llovido. Algo dentro de mi dice que gol- pee el dichoso espejo que devuelve la peor versión de mí. ¿Acaso soy yo? Con la inocencia de un anciano que no ha roto un plato en su vida, levanto el brazo y, con un golpe seco, reduzco el panel en millones de minúsculos pedazos cristalinos. Como si de una tormenta de arena se tratara, me ciegan. Todo se vuelve negro. Veo la figura de mi madre sos- teniendo dos idénticos bebes. Me devuelve una tierna sonrisa con un ligero movimiento de las comisu- ras de los labios. Soy yo: el bebé de la izquierda que no hace más que llorar mien- tras el otro, mellizo, ríe. Siento como el calor materno me envuelve y una sensación de con- trol de apodera de mí. Me siento seguro. Sano y salvo. Ya no me cuesta respirar. Ya no siento esa fuerza que se apoderaba de mí. No hay rastro de la presión. No consigo visualizar ese tronco ahogado en aguas turbias, movido por la fuerza de un río descontro- lado, incapaz de dar la vuelta y lu- char contra la corriente. Ni siquiera percibo la presencia de esa extraña figura. Abro los ojos. Me levanto de la cama. Enciendo las luces. Y salgo corriendo por la puerta.