Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 6
que tenía en aquél lugar tan solitario. Mi estó-
mago no dejaba de rugir, por lo que pedí en voz
alta mi plato preferido: la lasaña. Así, mi ángel
de la guarda, un robot precioso que me había
costado un ojo de la cara, me la sirvió mientras
analizaba detalladamente aquél medio audiovi-
sual que la policía había encontrado poco util.
Era tal y como me lo habían descrito.
Tras analizar cada pequeño detalle del video
4D por el cual podía viajar libremente por el es-
cenario, comencé a anotar las distintas marcas
de los productos que llevaba. Era una experta
en ese área. La bata blanca era de Funky, una
empresa que solo vendía sus productos en la
provincia de Madrid, por lo que pude reducir
el área del mapa que reproducía la mesa-tablet
donde estaba trabajando. Las probetas llenas de
“sangre” eran de GomLab, un laboratorio de un
pueblo cercano de no más de mil habitantes. A
primera vista, aquello no me daba ninguna pista
relevante, pues cualquiera podía recorrer cien-
tos de kilómetros en busca de aquello, pero al
investigar un poco, caí en que únicamente po-
dían acceder los miembros del laboratorio y, por
si fuera poco, no se vendían en el mercado. Era
prácticamente imposible sacarlas de allí al llevar
microchips antirrobo integrados.
«¡Bingo! » pensé, sin poder disimular la son-
risa que se me dibujaba en el pálido rostro y el
grito de haber encontrado algo con que empe-
zar.
Accedí a la base de datos del edificio, teniendo
que hackear el sistema, ya que no estaba dispo-
nible para el público. Mis conocimientos infor-
máticos iban por encima de ello. Empecé por
identificar la cantidad de trabajadores activos y
dí con el dato tan deseado: había 256 empleados.
La boca se me abrió de tal forma que parecía
entrar un tren; aquello no me lo esperaba en ab-
soluto.
Mi jefe me había dado 24 horas para cerrar el
caso, y ya había consumido más de la mitad sin
llegar a conseguir nada. Allí es cuando comencé
a ponerme muy pesimista, y cada vez me costa-
ba más respirar. Mis manos no hacían más que
temblar, como si estuviera dando una charla a
cientos de personas. Sabía que si seguía así no
tardaría en darme un ataque de ansiedad de los
malos, por lo que decidí ponerme un poco de
música de Brush Stapler, mi grupo de música
neo-eléctrica preferido, y me tumbé en el sofá
mientras hacía técnicas de relajación que mi
psicólogo me había recomendado hacer.
Media hora después, ya estaba otra vez, con
la cabeza muy alta, analizando la información
personal de cada individuo de la lista. Y por si
aquél capullo había dejado de trabajar allí, añadí
los nombres de los extrabajadores de los últimos
veinte años. Así, la lista ahora llevaba 348 nom-
bres.
Primero, sabiendo que estaba buscando un
varón, aparté los nombres de las mujeres de la
lista, no sin antes comprobar en su historial mé-
dico si habían sido sometidas a un cambio de
sexo. No me arrepentí de ello, pues una de ellas
lo había llevado a cabo, uniéndose así a la lista
negra. Así, teniendo en mente que aún las muje-
res no estaban del todo integradas en este entor-
no laboral, quedaron 193 sospechosos.
Una vez completada la tarea, aparté a todos los
trabajadores menores de 45 años. Estaba claro
que el sujeto al que estaba buscando era un an-
ciano, pero no por ello iba a arriesgarme a subir
el límite de edad. El maravilloso dato de que
la mayoría de los trabajadores eran jóvenes me
dejó eufórica. Así, solo quedaban 42.
Esta vez, al no tener nada más que usar para
el descarte, comencé a analizar minuciosamen-
te a cada individuo: su edad, dirección, entorno
y los historiales médicos, laborales y judiciales.
Me llevaron unas cuantas horas dar con 3 po-
tenciales sospechosos que tenían el perfil que
estaba buscando.
Entonces, me dí cuenta de que todo lo que ha-
bía estado analizando no había sido para nada
necesario, cosa que me revolvió las entrañas. Si
las probetas no podían salir del laboratorio, ¿la
sala donde había grabado no debía estar en su
interior?
Bajé corriendo al garaje y me monté en la in-
creible moto que no tardaría más de cinco mi-
nutos en atravesar la ciudad y dar con el labo-
ratorio. Nosotros, los detectives, estábamos
autorizados a utilizar este tipo de vehículos que
conducían con total autonomía, volaban a un
máximo de cien metros sobre la superficie te-
rrestre y se cargaban solos gracias a la energía
solar, cosa que me venía de cine.
Al llegar, coloqué un pequeño chip en la puer-
ta que abrió la cerradura al instante, lo que me
permitió acceder a su interior. Con la ayuda del
mapa que me mostraban las gafas, pude detec-
tar, tras dar miles de vueltas por aquél laberinto,
la ubicación de aquella precisa sala. Allí estaba,
al fondo de un pasillo lleno de cajas vacías de
cartón, tál y como se podía observar en el vídeo.
Llevaba todos los productos necesarios para la
detección y análisis de las huellas y rastros de
ADN como pelos. Cerré la puerta y quedé a os-
curas, dejando así en el suelo una luz ultraviole-
ta que me mostraba cada uno de los rastros que
había dejado el sujeto en busca y captura. Crucé
los dedos, esperando a que el pequeño robot que
me acompañaba emitiera el sonido de una cam-
pana, indicador de haber encontrado algo útil.
Tardó tres minutos en producir aquél victorio-
so sonido que me puso los pelos de punta. Corrí
hacia su ubicación y descubrí que se trataba de
un pelo que había encontrado sobre el desorde-
nado escritorio.
Bendito pelo.
El robot completó el análisis y el ADN coinci-
dió con el de un trabajador del laboratorio: Jax
Morton. Comprobé rápidamente la lista que ha-
bía creado anteriormente y descubrí que era uno
de los tres que había fichado. No pude aguantar
el tremendo salto que acabé dando mientras reía
como una loca.
Mientras celebraba mi victoria, totalmente
convencida de que era él, encontré una infor-
mación que me dejó hecha polvo: había muerto
hace dos meses por un infarto mientras dormía.
De nuevo, no tenía nada. Nada de nada.
De repente, cuando menos me lo esperaba, el
robot volvió emitir el sonido. Me acerqué co-
rriendo, no sin antes tropezar con un libro del
suelo, y descubrí que se trataba de una huella.
Bendita huella.
Completó el análisis y descubrí que se trataba
de otro varón: Max Fuerd. Tras comprobarlo en
mi lista de sospechosos, me dí cuenta de que era
uno de los que había estado apunto de descartar
ya que no daba en absoluto con el perfil. Como
la huella estaba en la probeta, debía ser él. Más
le valía serlo si no quería acabar con mi reputa-
ción de inspectora.
Tras entrar en su perfil, utilicé la función loca-
lizadora que trazó una línea virtual sobre el sue-
lo que iba directamente hasta su posición actual
gracias al microchip que todo ciudadano debía
tener bajo la piel. El aparato indicaba que se en-
contraba a tan solo cincuenta metros. Era muy
extraño que no se hubiera fugado.
Me acerqué lentamente hacia su posición, y
allí lo descubrí, tirado en el suelo con un bala-
zo en la cabeza, probablemente causado por la
M32 que tenía en la mano derecha, una pistola
insonora e indolora que perforaba hasta el metal
más duro.
Estaba muerto.
Había una nota bajo sus piés, que con mucho
cuidado de no tocar al cadáver pude alcanzar y
leer en voz alta: “Solo era una broma. Todo era
falso, hasta la última gota de sangre”.
« Una broma », pensé.
Una broma.