Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 4

Hasta la última gota de sangre P PORTAL DEL ESCRITOR, ENERO rimero fueron los intercambios los que reinaron en el sistema monárquico mar- cado por una sociedad llena de injusti- cias. Después vino la moneda, dispuesta a quedarse durante siglos, sacando lo mejor y lo peor de la gente. Activistas de todo el mundo, hartos de vivir en una sociedad deplorable, acla- maron un cambio, cambio que iba a transformar radicalmente la vida de las personas. La sangre, una sustancia necesaria para a el funcionamien- to corporal de un ser humano, se convirtió en un efectivo y óptimo sistema económico que cambió la situación económica de una desespe- rada y amplia población. Los más pobres y los más afluentes, al contener una cantidad similar de aquel fluído corporal, iban a tener un estilo de vida prácticamente igual. O eso era, por lo menos, lo que se creía. Los que antaño eran ricos no dejaron de in- fluir en las personas, que al encontrarse en un proceso de adaptación, rindieron sus pies ante ellos, cometiendo todo tipo de barbaridades. Si antes se robaban bancos y casas, ahora se había generado, a las sombras de una sociedad ideal, una gran linea de tráfico de personas que eran encerradas en pequeñas celdas para ser explo- tadas, mal alimentadas, con el fin de extraer la máxima cantidad de sangre de sus cuerpos. Para cuando los gobiernos se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. Habían tardado demasiado en abrir los ojos. Esta, damas y caballeros, es la historia de una detective privada con problemas de ansiedad que quería evitar una de las mayores catástrofes. Mi historia. ¿De quién iba a ser sino? Todo comenzó el 2 de julio de 2108. Iba pa- seando por la gran vía de Madrid, totalmente peatonal, cuando el teléfono comenzó a vibrar en uno de los bolsillos interiores del bolso de la última colección de Guccio que llevaba con- migo todos los días de verano, que conjuntaba perfectamente con el vestido morado que me quedaba diez centímetros sobre las rodillas. La cantidad ínfima de bolsas que llevaba encima, todas ellas de prestigiosas marcas, no hicieron más que entorpecer la búsqueda de aquél apara- to de ultimísima generación. Se trataba de una llamada oculta de las que solía recibir cuando había problemas, y desgraciadamente, eran mu- chas las que debía atender. "¿Has visto las noticias?" dijo un hombre sin apenas presentarse, que por su rasgada voz de- bía tener unos cincuenta años. Jorge, así es cómo se llamaba mi superior. Al recibir una respuesta negativa, comenzó a informarme de lo que había sucedido mientras paseaba por la zona más cara de la ciudad, de- jando rastro en todas las tiendas que encontra- ba a mi paso. Resulta que un anciano, que decía ser científico, había viralizado un vídeo donde afirmaba que había creado sangre, tras innu- merables intentos, a partir de la extracción y manipulación de los embriones sobrantes de la fecundación in vitro. Se encontraba en busca y captura, perseguido por centenares de oficiales que debían pararle los pies, pero no era tarea facil, pues en el vídeo no había ningún hilo por donde tirar. Aparentemente, el sujeto se encon- traba en una sala de paredes blancas, sin venta- nas, totalmente desnuda, irrastreable. En esta ocasión debía investigar el caso por mí cuenta, ya que la policía no daba a basto, pues había demasiada actividad en las redes sociales que entorpecía la investigación, revelando datos y pistas falsas que conducían, una y otra vez, a vías sin salida. Estos casos eran muy comunes: un individuo vestido de científico que afirmaba haber creado sangre de forma artificial. No era el primero, y tampoco iba a ser el último. Me coloqué las gafas de sol que llevaba sobre la cabeza, que cada vez que me cruzaba con un in- dividuo me mostraban parte de su información personal y la actividad reciente de las redes so- ciales dentro de un bocadillo sobre sus cabezas, y fingí una sonrisa que perduró hasta llegar a mi apartamento, que se encontraba a más de medio kilómetro de mi posición actual. Cuantos pri- vilegios teníamos los detectives, y cuantas ve- ces habría ligado yo gracias a aquella fantástica función. Desgraciadamente, no encontré a nadie que tuviera nada por donde agarrar el caso. Llegué a mi apartamento en menos de un cuar- to de hora y deposité todas las compras sobre la mesilla de la entrada, la cual automáticamente la distribuyó entre los miles de armarios y cajones que tenía en aquél lugar tan solitario. Mi estó-