Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 20

vantó de golpe y corrió hacia la puerta. —¡Mamá! ¡Papá!— gritó mientras la abría del tirón. El pasillo estaba totalmente cubierto de humo negro y bochornoso. Parecía, más bien, una mina de carbón, intransitable. Pero el joven, en vez de quedarse ahí parado, la atravesó con la energía de un niño. La pared contenía una fisura de más de un me- tro de diámetro. Todos los muebles de lo que antes habían pertenecido a un salón victoriano estaban desintegrados y reinaba un silencio exasperante. Pero no había ni rastro de sus familiares. Se los llevó el viento. Aquel día Gon buscó por toda la casa, rastreó hasta el último barrio y pisoteó todos los recodos del pueblo, pero no encontró a sus padres ni a sus dos hermanos. Continuó haciéndolo durante días, semanas, meses, pero nada. Nunca más los volvió a ver. Cuando se enteró de que el comité de seguridad del estado estaba reclutando nuevos miembros, ya que la masacre de Myshwill había acabado con to- dos los anteriores, Gon no dudó en alistarse. Su objetivo era tácito y claro: encontrar a su fa- milia y al culpable de que hubiesen desaparecido. Quería venganza. Trabajó muy duro para llegar a aquella posición tan privilegiada. Se prostituyó por falta de dinero, satisfaciendo las necesidades sexuales de media ciudad, todos esos fetiches extraños que tenían algunos hombres y mujeres. Porque el sexo daba igual, siempre y cuando su cartera se hiciera más gruesa para subsistir los duros días de invierno. Limpió baños, sirvió en restaurantes, incluso se alistó en el ejército con el fin de cumplir su obje- tivo. Atravesó dos mortales plagas, “el viento es- carlata” y “la peste amarga”, y, a pesar de estar al borde de la muerte, siguió para adelante. Como una sucia cucaracha que soporta las más extremas condiciones de vida. Mientras analizaba sus profundos recuerdos sentí cómo la energía limpia y positiva del prin- cipio de la historia se tornaba oscura. Su alma au- mentaba en peso y su empatía iba desvaneciéndo- se con el tiempo. A pesar de la angustia que me generaban todos esos recuerdos, seguí para ade- lante. Faltaban pocos días para la esperada prueba. Concurrió un ocho de octubre. El cielo estaba cubierto de un gris amargo y soplaba una livia- na ventisca. La nieve de los campos todavía no se había derretido. Allí estaba él, esperando una cola que rodeaba todo el parque real, de una longitud de un kilómetro. Se sentía nervioso pero eufórico. Aun así, el peso que llevaba encima era tan oscuro que daba miedo. Ingresó en la prueba, donde lo encerraron en una habitación de un metro cuadrado durante dos horas, sometiéndolo a ocasionales baños de agua fría e inundaciones. Aquello no era nada comparado con lo que había que tenido que vivir en las calles de Lisaburgo, una ciudad aparente- mente perfecta a la que la desgracia estaba firme- mente arraigada. Cuando salió, un hombre de dos metros, mus- culado, lo miró con desprecio, con los brazos cru- zados, y se mantuvo en aquella posición durante diez minutos. —Acompáñame— dijo al fin con seriedad. Recorrieron un largo pasillo henchido de puer- tas de metal en ambos lados. No se oían más que ruidos de desesperación, gritos llenos de rabia y dolor. Pero él no sentía nada. La bestia ya estaba floreciendo. Llegaron a una pequeña habitación y, tras en- trar, la puerta se cerró con llave. El estruendo que provocó generó una honda expansiva que rebotó con las paredes del local. Los muros desprendían un olor salado, putrefacto. Era una fragancia que conocía perfectamente. Sin lugar a duda ya sabía lo que iba a ocurrir. El hombre bajó su bragueta, se acercó al inde- fenso Gon y, antes de que pudiera decir nada, dijo: —Abre la boca. Allí es donde comenzaron una serie de violacio- nes. Cada dos horas, aquel hombre encendía las luces, abusaba de su cuerpo de forma agresiva y dolorosa, cerraba la puerta con llave y apagaba las luces. Primero era uno. Después dos. Tres. Así hasta que, dos semanas más tarde, mientras el primer hombre lo violaba, lo mató con sus propias ma- nos. Lamió toda la sangre que brotaba de su en- sangrentado cuello, cada una de las gotas saladas. Hacía mucho que no sentía un placer tan puro. El GANTE, BÉLGICA gemido que soltó, por primera vez en su vida, fue por placer. Por fin había saboreado el aroma de la venganza. La estaba tocando, literalmente, con la punta de su lengua. <>. Despedazó cada extremidad de su cuerpo, des- membró dedos, articulaciones, huesos, músculos y órganos y los escondió bajo la incómoda cama de muelles en la que había dormido durante los últimos días. Aquello iba a mantener su estómago lleno por un tiempo. Los días continuaron de la misma forma. En- traban hombres blancos, de tallas grandes y vello abundante, lo profanaban, y se marchaban. Pero no tardaron en darse cuenta de que el primer hombre había desaparecido. Aun así, por mucho que suene extraño, en vez de castigarlo, lo aplau- dieron y lo llevaron directo a la sala dorada, don- de once de los doce miembros del comité lo espe- raban con impaciencia. —Felicidades— dijeron al unísono—, has pasado la prueba. El hombre al que mataste es un crimi- nal condenado a trescientos años de prisión por cometer una infracción legal grave. A partir de ahora, tú ocuparás su puesto. Aquella posición significaba dos cosas: tendría la habilidad de acceder a todos los apartamientos e inmuebles de la casa y nunca más tendría que pa- gar por nada. Nunca volvería a pasar hambre ni tendría que someterse a la prostitución. A cam- bio, debía arriesgar su vida por la seguridad del estado y, en especial, la de la reina. Y más impor- tante aún, debía sacrificarse por el proyecto sed. El puesto le quedaba entallado a medida, pues ca- recía de empatía y era frío como el hielo virgen de un mar azul. No tardó en establecer un ritual: se levantaba a las cuatro de la mañana, vestía su atuendo negro, más o menos elegante, y accedía a un hogar, siempre que en su interior habitase una pareja de mediana edad con tres hijos. Debía exterminar a la pareja y a dos de sus hijos, llevárselos de ahí sin que nadie se diera cuenta, colocar una bomba y alejarse para hacerla estallar. El objetivo del proyecto sed era mucho más que una reducción de la población. Suponía un au- mento de demografía huérfana, tan manipulable como una marioneta y vengativa. No tardó en darse cuenta de que, lo que él estaba haciendo, era exactamente lo que acabó con su familia. Era impecable haciendo su trabajo. A pesar del ausente sentimiento de culpabilidad, había un pe- queño matiz, una emoción proyectada en su men- te como pequeñas pinceladas de odio y vengan- za. Parecía un pañuelo de usar y tirar. Solo vivía para cumplir órdenes, jamás debía cuestionarlos y mucho menos seguir sus instintos. Porque ape- nas podía apreciarlos entre el vacío interior que lo devoraba. <>, pensé.