Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 18

PINCELADAS SOBRE EL CIELO , MARZO Proyecto sed E SERIE LISABURGO, NOVIEMBRE l viento agitaba las vitrinas del despacho con violencia en el momento en el que Gon entró por la puerta. Desprendía un olor afi- lado, una especie de mezcla extraña de aceite que- mado y granos de soja tostados. Llevaba el rostro tan frío que, en el momento en el que pisoteó la alfombra deshilachada del pasillo, los cuadros co- loridos del despacho se volvieron grises. Lo supe nada más oír su voz. No era una voz cualquiera. Su tono era el de un anciano desprotegido, rasgado por el paso de los años, pero iba acompañado de un calor sobrehu- mano. Nunca debió entrar por la puerta, pero lo hizo. Y nadie lo detuvo. Con pasos firmes y seguros, se sentó justo en frente, al otro lado de la mesa, y el suelo pareció resquebrajarse. No es que fuera especialmente grueso, entrado en carnes, más ancho que alto. No. Era delgado, de metro sesenta y bigote desa- liñado. Llevaba una túnica de bordados africanos y un sombrero de paja que le quedaban excesiva- mente grandes. No era un hombre cualquiera. —Buenos días— dijo con amargura. Apenas podía dirigirle la palabra. Era verdade- ramente impresionante que, a pesar de llevar toda la vida lidiando con narcotraficantes, asesinos, sicarios y criminales, no pudiera articular ni una sola palabra a aquél saco de huesos. —Me han hablado mucho de usted— prosiguió tras efectuar una ligera mirada de descontento. — Muéstrame qué es lo que el futuro me depara. Me dispuse a alcanzar las hojas de Henn del ca- jón del escritorio y las coloqué sobre el tablón de forma ordenada, formando un círculo perfecto. El Henn era la planta más usada en la alquimia y la brujería de siglos pasados y, aparte de ser un veneno letal, muy pocos sabían cuál era su verda- dero uso. —Hen— articulé de forma serena—, con el po- der que me otorgan los dioses de las rocas y, con esta ofrenda... Extendí la mano izquierda y, con una mueca, indiqué al extraño lo que debía hacer. Este alcan- zó el bisturí del escritorio y se cortó un mechón. Después, lo depositó sobre la palma de mi mano y volvió a su posición inicial. —...Muéstrame el destino de este bienaventura- do señor. Recogí con delicadeza las diez hojas de Henn de la mesa y me las metí en la boca. Todas menos una, que fue a parar a la del extraño individuo. Todavía siento el frío aliento que emanaba su gar- ganta. Era de color verdoso, pero apagado, una es- pecie de aura que se extendía sobre cada recoveco de su cuerpo. Las mastiqué. Cinco veces. Un escalofrío reco- rrió todo mi organismo como una descarga eléc- trica. Los pulmones se contrajeron y el estómago apretó mis cavidades como un huevo de pájaro que está a punto de eclosionar. Se dice que, para conocer el futuro, primero hay que conocer el pasado. Y eso es justamente lo que ocurrió. Nunca supe colocar el recuerdo en una fecha exacta, pero estaba seguro de que había pa- sado mucho tiempo desde el suceso que se pre- sentó ante mis ojos. El oscuro y fétido despacho no estaba ahí cuan- do abrí los ojos. Me encontraba en una lumino- sa habitación,rodeado de libros, todos ellos de ciencias y matemáticas. A unos dos metros, un joven apuesto estudiaba sin cesar sobre una mesa de madera de roble maciza. Las paredes estaban decoradas por innumerables premios, medallas y copas de todos los colores, todos ellos tan brillan- tes como las luces de navidad. Un pequeño certi- ficado encuadrado decía “el mejor estudiante de Lisaburgo”. De pronto, el joven dejó de estudiar. Creí que se trataba de una mosca de esas que interrumpen cualquier concentración existente, pero estaba equivocado. Había algo en el cálido atmósfera que no acababa de encajar. Te todas formas, él ya lo había descubierto. Un fuerte estruendo sacudió la casa. El suelo ahora era una alfombra de libros. El joven se le-