Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 16
era un crujido de huesos. No se encontraba tumbada
sobre el encantador jardín de su porche.
Ni siquiera había despegado los pies del suelo.
Se giró de golpe, quizá por un acto instintivo. La ha-
bitación no presentaba ningún cambio. Estaba claro
que, si el sonido no fuera fruto de su imaginación des-
gastada por los años, venía del oscuro pasillo.
Tomó el cuchillo de titanio de su difunto esposo
de la pared y se encaminó hacia la puerta con sigilo.
Cuando la atravesó, la algarabía de los comensales se
multiplicó.
Algún estúpido había roto un plato. O quizá se había
caído en medio de una terrible borrachera.
De pronto, notó cómo una grave voz procedente del
lado opuesto de las escaleras que daban al salón co-
menzaba a tomar el control de aquel silencioso claro.
El bullicio de los comensales chocaba con las puertas,
por lo que apenas se podían oír los malos chistes y
las risas tontas. Aquel sonido rebotado, distorsionado
por la madera de arce, un popurrí de voces variopin-
tas, la ponía histérica.
Pero esa voz no sonaba feliz ni alegre. Era de un co-
lor que nunca había visto, tan grave como el trueno
más feroz de una tormenta. Parecía preocupada, pero
a su vez entusiasmada.
No era capaz de oír lo que verdaderamente decía
hasta que se hubo acercado lo suficiente. Ahora no era
una, sino dos voces.
—RM3 — decía la voz más aguda—. No sé si es bue-
na idea.
Un estruendo recorrió todo el pasillo. Estaba vieja,
pero podía distinguir un golpe seco contra una mesa
de abedul en un chasquido de dedos. Su marido solía
lidiar con el estrés de aquella forma.
Sofía se quedó quieta donde estaba, lo más pegada a
la pared que pudo.
—¡Te has vuelto loco! — respondió la otra voz —.
Después de todo lo que hemos hecho... ¿cómo te atre-
ves?
No entendía nada. Estaban discutiendo de una for-
ma agresiva sobre algo que no llegaba a entender.
Aquel era su propio hogar; no iba a permitir que si-
guieran a delante.
Se colocó bien el mechón blanco que le caía por el
rostro y, esta vez de forma más brusca, en zancadas
largas, se encaminó hacia la sala más próxima. Debían
de estar allí, pues salía luz por debajo de la puerta y las
voces eran más fuertes.
—Es una... — sentenció la primera voz —. ¡Es sólo
una anciana!
Sofía se paró de golpe. Le bajó de golpe la tensión y
perdió el equilibrio. Se quedó sentada en el suelo, sin
poder hacer nada, limitándose a oír lo que se traían
entre manos.
—RM5 — respondió el otro —. Céntrate.
—¿Qué quieres, que se tire por la ventana? ¿Estás
loco?
A Sofía casi le da un infarto. ¿Cómo?
<>.
A esto había que ponerle punto final. Ahora mismo
iba a bajar las peligrosas escaleras, sola, absolutamen-
te sola, e iba a mandarlos al calabozo. Como mínimo,
iban a perder sus cabezas.
Todo había sido una trampa. Una mísera trampa.
—Ya sabes lo que pasó con Enrique — dijo la voz
grave.
Pum. Acababan de hurgar en la herida más profun-
da de Sofia. Le entraron náuseas mientras intentaba
volver a su habitación a por el bastón.
—Su cuerpo nunca fue hallado, pero no cabe duda
de que está muerto — prosiguió —. En este reino no
hay más que miseria y corrupción. Esto tiene que aca-
bar ahora mismo. Aquí y ahora.
Sofía cerró los ojos y le vinieron a la mente hermo-
sas imágenes de su marido, compartiendo una copa
de Pacharán sobre sillones de piel de oso, hablando
sobre la riqueza que estarían a punto de traer al reino.
Todo había sucedido tan rápido que, de un momen-
to a otro, ya había desaparecido. Aunque su cadáver
nunca fue hallado, la oreja que recibió el día después
del suceso no le dio otra alternativa que creer que es-
taba muerto.
De joven, mientras trabajaba en una lavandería, de
a unas diez manzanas del palacio real, un apuesto ga-
lán le ofreció mil lisios a cambio de lavar sus ropas
manchadas de sangre de búfalo. Había ido a cazar y
acababa de perder a su hermano mayor, por lo que
estaba que se caía a pedazos. Nada más verle, supo que
el destino los había unido. Y así fue; veintiséis sema-
nas más tarde, cuando cumpliera 18 años, se casaría
con el futuro rey de Lisaburgo.
Las voces la volvieron a sacar de aquellos recuerdos
que tanto añoraba.
—La lucha de clases solo ha traído desgracias a este
reino — continuó la voz, esta vez más alterada —.
Esos reyes se creyeron que el mundo era suyo, y mira
ahora, son los únicos que pueden gozar de una vida
plena, sin tener que preocuparse por tener algo de co-
mida que llevarse a la boca. ¿¡No lo ves!?
A Sofía le cayó una lágrima por la mejilla. Y luego
otra. Al cabo de unos pocos segundos ya estaba tum-
bada en el suelo, llorando como una cría.