Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 14
vuelo de un águila.
1910 hercios.
Ahora la voz era todavía más clara, pero a su vez inteligible. Aquel
hombre debía estar muy alterado, casi en medio de un ataque de pánico.
Dio dos fuertes golpes contra la pared, como cuando deja de funcionar
un aparato, y la voz cedió.
Desesperada por descubrir el contenido del mensaje, porque no sería
la primera vez que le advirtieran de un ataque terrorista o un secuestro,
siguió subiendo la frecuencia.
Se le heló la sangre cuando, a la frecuencia exacta de 1918, la voz volvió
a sonar de forma tan clara que daba hasta miedo.
—Tírathe dh la vhenthana...—decía —. Shofiha, tírathe dh la vhentha-
na...
—Enrique...—comenzó la anciana, tartamudeando como si hubiera
visto un fantasma—. ¿Eres tú?
Aquél era su año de nacimiento. El 1 de febrero de 1918.
Demasiada coincidencia. Era imposible que fuera real. Creyó que era
un sueño, por lo que envolvió su rostro con la almohada con tanta fuerza
que estuvo a punto de morir.
La voz seguía repitiendo lo mismo, una y otra vez.
Sofía se levantó de la cama de golpe y se acercó a la ventana. Abrió los
paneles de cristal y se apoyó sobre la fría roca de la pared. Le dio semejan-
te impresión, en parte porque la luna, más grande que nunca, se encon-
traba en el horizonte, que estuvo a punto de perder el equilibrio. Aquél
era el famoso vértigo que experimentaba todo aquel que contemplaba el
paisaje desde aquella torre de más de treinta metros de altura.
Entonces entendió el significado del mensaje, de forma tan clara y brus-
ca que dio un pequeño brinco.
—Tírate de la ventana— repetía la voz —. Sofía, tírate de la ventana.
Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos con fuerza. Aquél debía
ser el día en el que por fin se juntaría con su amado esposo. Aquel era un
mensaje divino, procedente de algún lugar mágico donde el fantasma de
su difunto marido la esperaba con impaciencia para cruzar al otro lado.
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Se apartó el blanquecino pelo de la frente y se deshizo del espeso abrigo
que llevaba puesto. Cuanta menos ropa llevase, mayor sería la probabili-
dad de sufrir una muerte segura.
Bajó el volumen de la radio y tiró el mando al suelo. Después, cerró los
ojos y, alternando respiraciones cortas y profundas, notó cómo su ritmo
cardíaco volvía a la normalidad.
No sintió ningún miedo. Ni siquiera le rondaba por la cabeza la vertigi-
nosa caída que iba a experimentar, ni el dolor que iba a soportar durante
su impacto contra un suelo cubierto de flores coloridas de primavera. Su
objetivo era claro, así como el mensaje,
El día había llegado, y aquella era su última misión.
—Enrique — dijo en medio de un profundo suspiro. Le pareció ver
cómo la luna se había vuelto más grande y brillante —. ¿Eres...?
Bum.
El estruendo resonó por toda la habitación. Exaltada, la anciana abrió
los ojos y descubrió que no era ella quién había producido ese sonido. No
era un crujido de huesos. No se encontraba tumbada sobre el encantador
jardín de su porche.
Ni siquiera había despegado los pies del suelo.
Se giró de golpe, quizá por un acto instintivo. La habitación no presen-
taba ningún cambio. Estaba claro que, si el sonido no fuera fruto de su
imaginación desgastada por los años, venía del oscuro pasillo.
Tomó el cuchillo de titanio de su difunto esposo de la pared y se enca-
minó hacia la puerta con sigilo. Cuando la atravesó, la algarabía de los
comensales se multiplicó.
Algún estúpido había roto un plato. O quizá se había caído en medio de
una terrible borrachera.
De pronto, notó cómo una grave voz procedente del lado opuesto de
las escaleras que daban al salón comenzaba a tomar el control de aquel
silencioso claro. El bullicio de los comensales chocaba con las puertas,
por lo que apenas se podían oír los malos chistes y las risas tontas. Aquel
sonido rebotado, distorsionado por la madera de arce, un popurrí de vo-
ces variopintas, la ponía histérica.
Pero esa voz no sonaba feliz ni alegre. Era de un color que nunca había
visto, tan grave como el trueno más feroz de una tormenta. Parecía preo-
cupada, pero a su vez entusiasmada.
No era capaz de oír lo que verdaderamente decía hasta que se hubo
acercado lo suficiente. Ahora no era una, sino dos voces.
—RM3 — decía la voz más aguda—. No sé si es buena idea.
Un estruendo recorrió todo el pasillo. Estaba vieja, pero podía distin-
guir un golpe seco contra una mesa de abedul en un chasquido de dedos.
Su marido solía lidiar con el estrés de aquella forma.
Sofía se quedó quieta donde estaba, lo más pegada a la pared que pudo.
—¡Te has vuelto loco! — respondió la otra voz —. Después de todo lo
que hemos hecho... ¿cómo te atreves?
No entendía nada. Estaban discutiendo de una forma agresiva sobre
algo que no llegaba a entender. Aquel era su propio hogar; no iba a per-
mitir que siguieran a delante.
Se colocó bien el mechón blanco que le caía por el rostro y, esta vez
de forma más brusca, en zancadas largas, se encaminó hacia la sala más
próxima. Debían de estar allí, pues salía luz por debajo de la puerta y las
voces eran más fuertes.
—Es una... — sentenció la primera voz —. ¡Es sólo una anciana!
Sofía se paró de golpe. Le bajó de golpe la tensión y perdió el equilibrio.
Se quedó sentada en el suelo, sin poder hacer nada, limitándose a oír lo
que se traían entre manos.
—RM5 — respondió el otro —. Céntrate.
—¿Qué quieres, que se tire por la ventana? ¿Estás loco?
A Sofía casi le da un infarto. ¿Cómo?
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A esto había que ponerle punto final. Ahora mismo iba a bajar las peli-
grosas escaleras, sola, absolutamente sola, e iba a mandarlos al calabozo.
Como mínimo, iban a perder sus cabezas.
Todo había sido una trampa. Una mísera trampa.
—Ya sabes lo que pasó con Enrique — dijo la voz grave.
Pum. Acababan de hurgar en la herida más profunda de Sofia. Le en-
traron náuseas mientras intentaba volver a su habitación a por el bastón.