Mi primera publicacion Entintado - Julen Rodriguez | Page 12

SCHWERIN - NORTE DE ALEMANIA 1918 U SERIE LISABURGO, OCTUBRE na oveja. Dos ovejas. Tres ovejas. La anciana dormitaba sin poder llegar a un sueño profundo. Su difunto ma- rido merodeaba por su cabeza; no podía desprenderse de él. Enrique, cuánto lo echaba de menos. Su aroma, una fragancia de amapolas entremezclada con unas sutiles pinceladas de sirope de arce y ginebra, conquistaba cada pequeño rincón de su victoriana habitación. Tres años no habían bastado para deshacerse de él. La algarabía de los comensales del salón, junto al crepitar de la hoguera, marcaban en ella una tierna sonrisa llena de nostalgia. Cuantas veladas habría pasado ella divir- tiéndose con otras damas y apuestos galanes. Si no se hubiese casado a los veintidós, habría disfrutado de la compañía de tantos hombres como hubiese querido. Pero se encontraba tumbada sobre un colchón de plumas de pato, revolviéndose entre las mantas con delicadeza, esperando a que la muerte se la llevara con su mari- do de una vez por todas. Enrique, cuánto lo echaba de menos. La radio resonaba por toda la habitación y, por el efecto huracán producido por unas paredes ovaladas en forma de caracol, las palabras del presidente de Lisaburgo se dirigían hacia ella como si estuviera presente, recordándole que todavía eran tiem- pos difíciles. Guerras. Atentados. Asesinatos. Aquellos que habían acabado con su marido iban a terminar en la miseria, pu- driéndose en fosas comunes, compartiendo tripas y lombrices; hueso con hueso. Una anomalía en las interferencias de la radio la sacó de sus pensamientos. Había perdido la señal por completo, y apenas oía un desagradable crepitar. Todos esos lisios que había invertido en ese dichoso aparato no habían servido para lidiar con la nube. La nube era un fenómeno muy conocido en el reino que hacía que la comu- nicación radiofónica se cortara de repente, y había sido su misión, hacía unas pocas décadas, financiar e impulsar la construcción de la nave transmisora de frecuencias supersónicas que, al parecer, iba a ser una revolución, pues la nube no iba a dar la lata nunca más. <>. Hizo un esfuerzo por levantarse de la cama, estiró el brazo y alcanzó el diminuto mando que yacía sobre la cómoda. Comenzó a aumentar la frecuencia con impaciencia. 1650 Hz. Nada. Solo se oía el crepitar de la radio. 1700. 1750. 1845. Nada; menuda basura de aparato. Algo le llamó la atención. Cuando sobrepasó los 1900 hercios, una extraña e inte- ligible voz de carácter masculino comenzó a aparecer, disimulada entre los sonidos característicos de la nube. Decía algo, pero no era capaz de entender qué era exacta- mente lo que decía. Quienquiera que fuese, parecía preocupado. No parecía hacer más que repetir una y otra vez las mismas palabras. Era una voz grave y rasgada, como la de un anciano con la garganta tocada por la tos. De alguna forma, le resultaba extrañamente fami- liar. —Trathe th lfh vhenthna...—decía —. Thfihha, thrathe th lfh vhenthnh... No entendía nada. Estaba tan nerviosa que el corazón le latía a la velocidad del