Tras adentrarnos a las cavernas para
iniciar nuestro recorrido, pudimos olvi-
darnos del intenso sol tan característico
de nuestra tierra, pues una vez dentro
no es visible ni sensible a la piel. En las
diversas salas internas, galerías y recá-
maras, a casi 60 m. de profundidad y a
lo largo de más de 700 m. de extensión,
se han encontrado diversas piezas ar-
queológicas de cerámica, artefactos de
piedra, conchas marinas y petroglifos
correspondientes a la cultura maya y
breve presencia olmeca, en sus distintas
etapas de desarrollo. También se han
hallado restos de fauna extinta, como
huesos de mamut, bisonte y felinos que
ya no fi guran entre especies locales.
En ciertas secciones pueden verse di-
bujos mayas y algunos tallados en relie-
ve pertenecientes al período Preclásico.
El más conocido es el “Guerrero de
Loltún”, que representa a un personaje
con rasgos olmecas ricamente ataviado
y empuñando una lanza. Ubicado en la
entrada Nahkab (colmena), se cree es el
dios del inframundo y está acompaña-
do de una fecha calendárica que corres-
ponde al año 500 a. C. De los períodos
Clásico y Postclásico se observan una
serie de elementos como pinturas ru-
pestres con manos, rostros, animales,
grecas o inscripciones, y una gran varie-
dad de petroglifos.
La relevancia que el sitio ostentaba en-
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