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V olumen 55 (2018)
Era el edificio de Teodosio Torres que agrupaba tanto a la Facultad como
al Hospital Provincial, procedente del anterior General de la Resurrección. Se
había dispuesto arquitectónicamente alrededor de un patio central, con distintos
pabellones comunicados a través de cuatro elementos octogonales. A partir de
ahí comenzaron las reformas de ampliación de la Facultad, el acondicionamien-
to del Departamento Anatómico —aquel famoso Instituto Anatómico impulsado
por Salvino Sierra—; la realizada en 1968, siempre llamadas por el avance de la
Medicina, por el aumento de la población, por el gran número de alumnos de la
Facultad en aquellos momentos. Decía el entonces presidente de la Academia, Vi-
cente González Calvo que, con la construcción del nuevo edificio y el abandono
del antiguo de 1889, “Valladolid y la vieja Castilla contarán con un gran Hospital
Universitario dotado de la organización y recursos técnicos que con inteligente y
tesonero trabajo rendirá óptimos frutos en la doble vertiente de lo asistencial y de
lo docente. Hospital que merece la ciudad que cuenta desde hace más de siete si-
glos con una Universidad, venero de las mejores conquistas para la Ciencia y que
prestigia a la ciudad de su emplazamiento”. González Calvo miraba con añoranza
el edificio que dejaban atrás y que consideraba que había cumplido su función de
“auténtica escuela de formación clínica, docente y humana identificada con la
Institución […] nuestro viejo caserón hospitalario ha sido testigo de excepción de
los descubrimientos y aconteceres médicos más trascendentales sucedido en tan
dilatado espacio de tiempo”, con un cambio intenso y enorme en la medicina: “en
aquellas salas de San Germán, San Pablo, San Antonio, San Miguel, San Vicente,
San José, La Milagrosa y Resurrección comparecían las religiosas de la Caridad
con sus níveas y tersas tocas, que sabían mucho del contrapuesto sentimiento del
dolor y la alegría, ungidos de sacrificio, cumpliendo con solicitud y esmero el
menester que las incumbía”. González Calvo consideraba que el tiempo transcu-
rrido entre 1915 y 1930 había sido de gran “vitalidad universitaria” y prólogo a
los tiempos que habrían de venir posteriormente de grandes cambios.
Para cerrar el círculo, en la otra orilla de la calle Real de Burgos —en el
Prado de la Magdalena—, nos encontramos con el Hospital Materno-Infantil —
actual Residencia Alfonso VIII—, proyectado por Martín José Marcide y Pedro
Resina —los mismos del centro macro-hospitalario— del que se convertía en
un complemento. Fernando Cuervo y Jesús Basterrechea proyectaron la Escuela
Universitaria de Enfermería y el Colegio Mayor Femenino Santa Cruz, igual-
mente en terrenos del Prado de la Magdalena, inaugurado el 19 de septiembre de
1972. Todo ello rodea al que hoy es Hospital Clínico Universitario, también en
constante transformación y expansión.