Una guirnalda de flores primorosamente tallada en el mármol coronaba esta inscripción.
Algunos meses después, cuando ya Florentina y Pablo Penáguilas se habían casado y cuando
(dígase la verdad, porque la verdad es antes que todo)... cuando nadie en Aldeacorba de Suso
se acordaba ya de la Nela, fueron viajando por aquellos países unos extranjeros de esos que
llaman turistas, y luego que vieron el soberbio túmulo de mármol alzado en el cementerio por
la piedad religiosa y el afecto sublime de una ejemplar mujer, se quedaron embobados de
admiración, y sin más averiguaciones escribieron en su cartera de apuntes estas
observaciones, que con el título de Sketches from Cantabria publicó más tarde un periódico
inglés.
«Lo que más sorprende en Aldeacorba es el espléndido sepulcro erigido en el cementerio,
sobre la tumba de una ilustre joven, célebre en aquel país por su hermosura. Doña Mariquita
Manuela Téllez perteneció a una de las familias más nobles y acaudaladas de Cantabria, la
familia de Téllez Girón y de Trastamara. De un carácter espiritual, poético y algo caprichoso,
tuvo el antojo (take a fancy) de andar por los caminos tocando la guitarra y cantando odas de
Calderón, y se vestía de andrajos para confundirse con la turba de mendigos, buscones,
trovadores, toreros, frailes, hidalgos, gitanos y muleteros, que en las kermesas forman esa
abigarrada plebe española que subsiste y subsistirá siempre, independiente y pintoresca, a
pesar de los rails y de los periódicos que han empezado a introducirse en la península
occidental. El abad de Villamojada lloraba hablándonos de los caprichos, de las virtudes y de la
belleza de la aristocrática ricahembra, la cual sabía presentarse en los saraos, fiestas y cañas de
Madrid con el porte (deportment) más aristocrático. Es incalculable el número de bellos
romanceros, sonetos y madrigales compuestos en honor de esta gentil doncella por todos los
poetas españoles.»
Bástame leer esto para comprender que los dignos reportes habían visto visiones. Traté de
averiguar la verdad, y de la verdad que averigüé resultó este libro.
Despidámonos para siempre de esta tumba, de la cual se ha hablado en El Times. Volvamos los
ojos hacia otro lado, busquemos a otro ser, rebusquémosle, porque es tan chico que apenas se
ve, es un insecto imperceptible, más pequeño sobre la faz del mundo que el philloxera en la
breve extensión de la viña. Al fin le vemos; allí está, pequeño, mezquino, atomístico. Pero tiene
alientos y logrará ser grande. Oíd su historia, que es de las más interesantes...
Pues señor...
Pero no: este libro no le corresponde. Acoged bien el de Marianela y a su debido tiempo se os
dará el de Celipín.
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