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Shepley estaban bailando una canción lenta en la sala cuando Travis tiró de mi
mano.
—¿Quieres bailar?
—No, gracias —dije.
Se puso lívido.
Toqué su espalda.
—Es simplemente que estoy cansada, Trav.
Puso su mano en la mía y comenzó a hablar, pero cuando lo miraba vi un
poco más allá a Parker. Travis se dio cuenta de mi expresión y se volvió.
—¡Eh, Abby! ¡Has podido venir! —me saludó Parker, riéndose.
—Sí, llevamos aquí una hora o así —dije, sacando la mano de entre las de
Travis.
—¡Estás guapísima! —gritó por encima de la música.
—¡Gracias! —añadí con una sonrisa, mirando a Travis de soslayo. Tenía los
labios apretados, y sus cejas se habían unido en una línea.
Parker señaló la sala y sonrió.
—¿Quieres bailar?
Arrugué la nariz y dije que no con la cabeza.
—No, estoy algo cansada.
Parker volvió entonces la mirada hacia Travis.
—Pensaba que no ibas a venir.
—Cambié de opinión —dijo Travis, molesto por tener que explicarse.
—Ya veo —dijo Parker, mirándome—. ¿Te apetece salir a tomar el aire?
Asentí con la cabeza y después seguí a Parker escaleras arriba. Se detuvo y
me cogió la mano mientras subíamos al segundo piso. Cuando llegamos arriba,
abrió de par en par las puertas del balcón.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—Sí, hace un poquito de fresco —dije, sonriendo cuando se quitó la
americana y me cubrió con ella los hombros—. Gracias.
—¿Estás aquí con Travis?
—Vinimos en coche juntos.
La boca de Parker se ensanchó en una amplia sonrisa, y luego miró hacia el
césped. Había un grupo de chicas apiñadas; se abrazaban para combatir el frío. El
suelo se hallaba cubierto de papel pinocho y latas de cerveza, además de botellas
de licor vacías. Entre la confusión, los hermanos Sig Tau estaban alrededor de su
obra maestra: una pirámide de barriles decorados con luces blancas.
Parker sacudió la cabeza.
—Este lugar quedará destrozado por la mañana. El equipo de limpieza va a
estar muy atareado.
—¿Tenéis un equipo de limpieza?
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