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una de tus zorras?
Travis frunció el ceño.
—Nadie piensa eso. Y, si alguien lo hace, será mejor que no llegue a mis
oídos.
Me sujetó la puerta y, después de pasar, me detuve abruptamente delante
de él.
—¡Eh! —dijo él, topándose conmigo.
Me di media vuelta con grandes aspavientos.
—¡Oh, Dios mío! La gente debe de pensar que estamos juntos y que tú
sigues sin ninguna vergüenza con tu… estilo de vida. ¡Debo de parecer patética!
—dije, dándome cuenta de la situación mientras hablaba—. No creo que deba
seguir quedándome contigo; de hecho, creo que, en general, deberíamos
mantenernos alejados el uno del otro durante un tiempo.
Le cogí la bolsa y él volvió a quitármela de las manos.
—Nadie piensa que estemos juntos, Paloma. No tienes que dejar de hablar
conmigo para demostrar nada.
Iniciamos una especie de pelea por la bolsa, y, cuando se negó a soltarla,
proferí un fuerte gruñido de frustración.
—¿Alguna vez se había quedado una chica, y me refiero a una que fuera
solo tu amiga, a vivir contigo en tu casa? ¿Alguna vez habías llevado y traído a
chicas a la universidad? ¿O habías comido con alguna todos los días? Nadie sabe
qué pensar de nosotros, ¡aunque se lo expliquemos!
Fue caminando hasta el aparcamiento con mis cosas como prenda.
—Lo arreglaré, ¿vale? No quiero que nadie piense mal de ti por mi culpa
—dijo con gesto turbado. —Sus ojos brillaron y sonrió—. Déjame compensarte.
¿Por qué no vamos a The Dutch esta noche?
—Pero si es un bar de moteros —dije, mientras observaba como ataba mi
bolsa a su moto.
—Vale, pues entonces vayamos al club. Te llevaré a cenar y después
podemos ir a The Red Door. Pago yo.
—¿Cómo arreglará el problema que salgamos a cenar y después vayamos a
un club? Que la gente nos vea juntos solo empeorará la situación.
Se sentó a horcajadas sobre la moto.
—Piénsalo. ¿Yo, borracho, en una habitación llena de mujeres ligeras de
ropa? La gente no tardará mucho en darse cuenta de que no somos pareja.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? ¿Llevar a un tío del bar a casa
para dejarlo del todo claro?
—No he dicho eso. No hay necesidad de perder la cabeza —dijo con mala
cara.
Puse los ojos en blanco, me subí al asiento y rodeé su cintura con mis
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