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—Es que quería que pensaras que había una razón para que él se hiciera
uno, y yo no.
America se levantó para recibir a su novio y lo rodeó con sus brazos.
—Qué tonto eres, Shep. Si quisiera un novio loco, saldría con Travis.
—No tiene nada que ver con lo que siento por ti —añadió Shepley.
Travis entró por la puerta con una gasa cuadrada en la muñeca. Me sonrió y
después se dejó caer en el sofá, apoyando la cabeza en mi regazo.
No podía apartar la mirada del vendaje.
—A ver…, ¿qué has hecho?
Travis sonrió y me hizo agacharme para besarlo. Notaba su nerviosismo. En
apariencia sonreía, pero tenía el claro convencimiento de que no estaba seguro de
cómo iba a reaccionar yo a lo que había hecho.
—He hecho unas cuantas cosas hoy.
—¿Como qué? —pregunté suspicaz.
Travis se rio.
—Tranquila, Paloma. Nada malo.
—¿Qué te ha pasado en la muñeca? —dije, mientras le levantaba la mano
por los dedos. Un estruendoso motor diésel se detuvo fuera y Travis se levantó de
un salto del sofá para abrir la puerta.
—¡Ya iba siendo hora! ¡Llevo en casa al menos cinco minutos! —dijo con
una sonrisa.
Un hombre entró de espaldas y cargando un sofá fris cubierto de plástico,
seguido por otro hombre que sujetaba la parte trasera. Shepley y Travis movieron
el antiguo sofá (conmigo y Toto todavía encima) hacia delante y los hombres
dejaron el nuevo en su lugar. Travis quitó el plástico y después me levantó en
brazos, dejándome después sobre los blandos cojines.
—¿Has comprado uno nuevo? —pregunté con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sí, y he hecho un par de cosas más. Gracias, chicos —dijo, mientras los
transportistas levantaban el viejo sofá y se iban por donde habían venido.
—Ahí se van un montón de recuerdos —ironicé.
—Ninguno que quiera recordar. —Se sentó a mi lado y suspiró,
observándome durante un momento antes de quitarse el esparadrapo que sujetaba
la gasa de su brazo—. Por favor, te pido que no alucines.
En mi mente se agolparon la conjeturas sobre lo que podía ocultar ese
vendaje. Me imaginé una quemadura, o puntos, o alguna otra cosa igual de
truculenta.
Apartó el vendaje y yo ahogué un grito al ver el simple tatuaje negro sobre
la parte interior de su muñeca; la piel de alrededor todavía estaba roja y brillante
por el antibiótico que se había untado. Sacudí la cabeza sin poder creer la palabra
que estaba leyendo.
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