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dejándote aquí.
—¡No tengo tiempo de darme una ducha! —dije, mientras me cambiaba la
ropa con la que me había quedado dormida.
Travis apoyó la cabeza en la mano y se rio.
—Chicas, sois ridículas. Llegar tarde a una clase no es el fin del mundo.
—Lo es para America. No falta a clase y odia llegar tarde —dije, mientras
metía la cabeza por la camiseta y me ponía los tejanos.
—Deja que Mare se adelante. Yo te llevo.
Salté sobre un pie y luego sobre el otro.
—Mi bolso está en su coche, Trav.
—Como quieras —dijo encogiéndose de hombros—, pero no te hagas daño
de camino a clase.
Levantó a Toto, sosteniéndolo con un brazo como una pelota pequeña de
fútbol americano, y se lo llevó por el pasillo.
America me metió a toda prisa en el coche.
—No puedo creer que te comprara un cachorro —dijo ella, mirando hacia
atrás, mientras sacaba el coche de donde lo tenía aparcado.
Travis estaba de pie bajo el sol de la mañana, en calzoncillos y descalzo,
rodeándose con los brazos por el frío. Observaba cómo Toto olisqueaba un pedacito
de hierba y lo guiaba como un padre orgulloso.
—Nunca he tenido perro —dije—. Será una experiencia interesante.
America miró a Travis antes de cambiar la marcha del Honda.
—Míralo —dijo ella, meneando la cabeza—: Travis Maddox, el señor Mamá.
—Toto es adorable. Incluso tú acabarás rendida a sus patitas.
—Sabes que no te lo puedes llevar a la residencia, ¿no? Me temo que Travis
no pensó en ese detalle.
—Travis dijo que se lo quedaría en su apartamento.
Ella arqueó una ceja.
—Por supuesto, Travis lo tiene todo pensado. Eso se lo concedo —dijo ella,
sacudiendo la cabeza, mientras aceleraba.
Resoplé, deslizándome en mi asiento con un minuto de tiempo. Una vez que
mi sistema hubo absorbido la adrenalina, la pesadez de mi coma poscumpleaños se
adueñó de todo mi cuerpo. America me dio un codazo cuando la clase acabó, y la
seguí a la cafetería.
Shepley se reunió con nosotras en la puerta; inmediatamente me di cuenta
de que algo no iba bien.
—Mare —dijo Shepley, cogiéndola del brazo.
Travis corrió hasta donde estábamos nosotros y se llevó las manos a las
caderas, resoplando hasta que recuperó el aliento.
—¿Acaso te persigue una turba de mujeres enfadadas? —dije para picarle.
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