autoRRELATO
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Por Diego Carlini
Las escuelas técnicas, o escuelas industriales, eran secundarios o bachilleratos de doble turno, con aulas de talleres de oficio y especialización en el área de la electromecánica, la construcción, la química, informática, electricidad y trabajos manuales como plomería, gasista matriculado y algunos más. Hice el secundario en una de ellas, después Tecnicatura en Seguridad Industrial, y luego Danza. Ya entrado en la danza descubrí el Contacto Improvisación y practico con él desde hace más o menos 10 años.
Enseñar Contact Improvisación después de estudiar Química y Técnico en Seguridad Industrial puede ser peligroso, hacerse entender desde el punto de apoyo, la palanca, el centro parcial o relativo y el centro dinámico de los cuerpos simétricos y amorfos, o el intercambio de gases y la relación de presión entre un medio y otro, en danza, no siempre genera imágenes simples de entender, incluso( y casi sobretodo) para uno mismo. Los modos de relacionarse entre el recuerdo de haber estudiado procedimientos técnicos propios de la química o la tornería y la elaboración de nociones técnicas de movimiento vinculadas a la danza, más de una vez están bañados por sensaciones que trascienden lo real, o al menos están bañados de sensaciones emocionales y culturales difíciles de objetivar, y construimos imágenes que cuando se aproximan al hecho concreto son muy diferentes a la relación real entre ambas, o se genera una imagen de una complejidad tan alta que no es fluida para el movimiento. No es el tema principal de este trabajo hablar de Ideokinesis, las imágenes que generamos para el estudio del movimiento, pero me centraré en este tema en otra ocasión.
Volvamos al secundario bachiller. Recuerdo que cada aula tenia un banco de trabajo en que se realizaban actividades que programábamos detalladamente con anticipación. En el aula de estudio hacíamos los cálculos, definamos las formulas de las sales, los hidróxidos, los ácidos, o diseñábamos los circuitos eléctricos de llaves combinadas; en tableros enormes con reglas de madera hechas en la carpintería del colegio dibujábamos, con máximo detalle y señalizado debidamente, un tornillo que luego en el torno del taller construíamos con un trozo de hierro; en el laboratorio de Química componíamos una sal con precisión matemática. Cada banco de trabajo era un universo de elementos pensados para la materia. Había bancos de trabajo con olor a grasa, con olor a farmacia, con olor a cable quemado, con olor a madera quemada, con olor a carbón, con olor a cal y cemento.
Ordenar el espacio antes y después de la actividad era religión. Había un tiempo para poner las herramientas en los tableros negros con las formas dibujadas con pintura blanca, planillas con inventarios de cada compuesto, cantidad de mililitros por botella o cajones con accesorios que se reciclaban para las clases siguientes.
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