Los omniscientes N°8, Febrero 2015 | Page 60

más distraída. Seguiría cumpliendo con sus obligaciones ya que el dinero no le permitiría ir demasiado lejos.

Con ilusión comenzó a preparar sus clases. Era un grupo reducido de gente en su mayoría personas que habían acabado su vida profesional y querían familiarizarse un poco con las nuevas tecnologías.

Explicaba a sus alumnos y los dejaban que se moviesen con libertad por ese mundo tan amplio que era internet. Mientras él decidió unirse a un grupo, locos informáticos. Era de lo más variopinto. Allí cada uno debatía si era mejor un programa que otro, si esta aplicación sería posible, si convenía añadir o mejorar la versión del 98 y tantas y tantas cosas que para nosotros nos son desconocidas.

Lorenzo solía comer muy poco; no porque no tuviese hambre sino por obligación. Margarita tenía comida en casa, pero principalmente solían ser frutas, lácteos, lo habitual para hacer un desayuno. Puesto que ella sólo desayunaba en casa , no necesitaba tener nada más. Lorenzo se encargaba de las compras para el desayuno y los productos para mantener el hogar al día. Procuraba ajustar al máximo posible estos y que le quedase algo a él para poder comer algo caliente una vez al día. Un día era pasta, otro carne o pescado, alguna verdura.

Rita de cuando en cuando tenía algún detalle con él, solía comprarle ropa por su cumpleaños, o simplemente porque quería verlo más atrayente.

Ella era sabedora de la nula atracción que él sentía hacia ella y en general en el resto de hombres. Por eso había decidido aprovechar hasta el último jugo de esos momentos.

Para ella los encuentros sexuales eran muy placenteros. Él correspondía como hombre y debía confesar que habían resultado placenteras por momentos pero enseguida todo aquello se disipaba y cada vez resultaba más difícil corresponder con su "benefactora".

Un buen día charlado con el grupo de los locos informáticos recibió un mensaje de Luna de forma privada. Pulsó el icono y de nuevo, su vida volvería a cambiar.