DESPUÉS DEL FESTIVAL DE LA CUMBIA
“De vez en cuando hay que mirar hacia abajo para conocer lo grande que es Dios, y "la altura" que nos ha dado para agradecer su obra”.
Una mañana brumosa como el marco escénico de un cuadro bucólico de Ángel Almendrales. Eran las seis y treinta de ese día en la población ribereña de El Banco, cuando como un bramido de toro miura en fiesta brava, se escuchó el altisonante pito del ferry boat arrastrando su largo tren de gabarras con mercancías y ganado en pie, a su paso por el embarcadero escalar del malecón. La conmoción sonora despertó a los muchos lugareños que aun embriagados en la segunda noche del Festival de la Cumbia, yacían por doquier sobre la losa fría y húmeda de la calzada peatonal, luego de la saturnal vivida en la discoteca El Barbul que se prolongó hasta el inicio del alba, obligados a salir por los policiales, alertados por las quejas reiteradas de la cofradía de Las Hermanas de la Caridad del Barrio Abajo, congregadas en su sede de oficios, justo a una cuadra de la discoteca. Como si el paso de la embarcación les hubiese dado un segundo aire, los amanecidos la silbaron y, ya de pie, algunos trastabillando, continuaron bebiendo y se encaminaron hasta el tenderete de comidas de El Almotacén, donde degustaron ricos platillos de la gastronomía riana, principalmente boca chicos y blanquillos fritos, a más de una singular vianda compuesta de yuca y plátano amarillo con pescado en salazón, conocida como viuda de bocachico, la cual se tiene en alta estima por todos.
ABEL RIVERA GARCÍA - COLOMBIA, SANTA MARTA.