retomando la ruta acuática del caño Viejo. Ya bajo el puente de El Juncal, percibe sobre su rostro una fresca e intermitente brisa que rompe la quietud de una atmosfera de vapores en condensación provenientes de los Montes de María, y que disipa en parte el pegajoso sudor sobre su frente.
Aun cuando con gran esfuerzo rema más fuerte, Senén es alcanzado por la aurora y se encandila por su destellante y colorida luz, reflejada sobre las aguas de la ciénaga. Sin embargo, alcanza a divisar sorprendido, que a su lado una bandada de patos yuyos, se precipita en veloz clavado sobre un cardumen de arencas que infructuosamente huyen despavoridas en una arremolinada formación, dejando tras de sí una luminiscente estela de escamas.
Son las siete de la mañana cuando Senén arriba al puerto de los pescadores del caserío de San Luis; y ve a su lado un buen numero de pescadores que al igual que él, pernoctaron en actividades de pesquerías. Allí les esperan en el seco de la ribera, entre un rodal de palma sará, los compradores minoristas de pescado en un bullicio de voces y gritos ininteligibles. Su balance son diez peces, un cansancio insoportable y unos pesos para el tendero de la esquina. Con su carga de siempre, camina hasta su hogar donde su mujer y sus pequeños hijos le esperan con besos y abrazos calurosos. Se tiende sobre su hamaca, y mientras se duerme como un niño, piensa si en verdad le será posible escapar a su destino.