LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 5
Tincho_1712
I
Nosotros vivimos en San Isidro en una de esas grandes casonas de principio de siglo,
cerca del río.
La casa es enorme, de ambientes amplios y techos altos, de dos plantas. En la planta
baja, un pequeño hall, la sala, el comedor con su chimenea, el estudio de mi padre,
donde está la biblioteca, la cocina y las habitaciones de servicio. En la planta alta
están los dormitorios, el de mis padres, el de mi hermano y el mío, un cuarto para
que mi madre haga sus quehaceres (siempre fue denominado así: para los
quehaceres de mi madre, he vivido toda mi vida en esta casa y no sé cuáles son los
quehaceres que mi madre realiza en ese cuarto) y un par de habitaciones vacías.
Obviamente también hay baños, dos por planta.
La casa está rodeada por un gran parque, en la parte de adelante hay pinos y un
nogal, detrás los rosales de mi madre y sus plantas de hierbas. Mi madre cultiva y
cuida sus hierbas con un amor y una dedicación que creo no nos dio a nosotros. Estoy
exagerando, pero no mucho. Cultiva orégano, romero, salvia, albahaca, tres tipos de
estragón, tomillo, menta, mejorana y debo estar olvidándome de varias.
En la primavera y el verano las utiliza frescas, un poco antes del otoño las seca al sol
y las guarda en frascos en un sitio oscuro y seco.
En realidad no sé por qué les cuento esto, no tiene mucho que ver con nada y no es
importante. Pero cada vez que me imagino a mi madre, la veo arrodillada o con unas
tijeras de podar, sus guantes, un sombrero de paja o un pañuelo, hablándoles a sus
plantas.
Uno de los momentos más felices de mi niñez era cuando me llamaba y me pedía que
la acompañara. Me explicaba cuál era cuál, qué tipos de cuidados requerían, cómo
curarlas cuando las atacaba el pulgón o alguna otra plaga, o cómo podar el rosal.
No es que a mí me interesara la jardinería particularmente, pero el solo hecho de que
ella quisiera compartir conmigo esa actividad a la que se dedicaba con tanto esmero
bastaba para hacerme sentir dichoso.
Podía quedarme horas doblado en dos revolviendo la tierra, abonando las plantas sin
importar el clima.
Tal vez cuando ustedes evocan su niñez y sus momentos felices, recuerdan algún
paseo o unas vacaciones. No sé. Yo evoco el olor de la tierra y el de las hierbas. Aún
hoy, tantos años después, basta el olor del romero para hacerme feliz. Para hacerme
sentir que hubo un momento, aunque haya sido sólo un instante en que mi madre y
yo estuvimos comunicados.
* * *
Con mi padre la relación era, o debo decir es, mucho más fácil. Yo me ocupaba de mis
asuntos y él de los suyos. Me explico mejor: Si yo me ocupaba de sacar buenas notas,
hacer deportes (natación y rugby), obedecerlo y respetarlo, no tendría ningún
problema. El, bueno, él... él se ocupaba de lo suyo, es decir de sus negocios y sus
cosas, cosas que nunca compartió con nosotros.