LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 39
Tincho_1712
XXIII
Cuando murió Ezequiel descubrí que la tristeza me quedaba bien. Que tal vez era mi
estado natural.
Comencé a usar ropa negra, a leer poetas malditos. Todos los días me recitaba un
poema de Rimbaud que dice: "Hay, en fin cuando uno tiene hambre y sed, alguien
que os expulsa".
Mis compañeros de curso también tenían, por momentos, un aire triste o melancólico.
Quizás la adolescencia sea en sí una etapa triste. El dolor de dejar atrás la niñez para
convertirse en algo que ya somos (hombres, mujeres) sólo virtualmente. Realmente,
no lo sé.
Lo que sé es que la tristeza de ellos iba y venía; la mía parecía estar cosida a mis
pies. Como una carga de siglos sobre mi espalda.
En las reuniones ellos reían y se divertían, yo en cambio me quedaba parado en un
rincón, con un aire perdido, como si no supiera divertirme. Como si no supiera cómo
pasarla bien.
La tristeza.