LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 13

Tincho_1712 VII Aquella tarde, después de bajarme del colectivo (algunas paradas antes), me quedé dando vueltas por el barrio. Mi barrio, en el que había vivido toda mi vida, me parecía distinto. Como una gran escenografía. Y yo era un actor en esa obra. Un actor de reparto. Me sentía liviano y pesado a la vez, si es que acaso eso es posible. Tenía frío y calor. Transpiraba y las orejas me ardían. Mucho más tarde de lo que debía, me decidí a ir a casa. Ensucié mi ropa deportiva para no levantar sospechas y traté de encontrar alguna excusa convincente para explicar mi demora. Nunca me habían pedido explicaciones, pero al saber que tenía que mentir, me sentía en inferioridad de condiciones. En casa no había nadie. Encontré una nota en la puerta de la heladera explicando que mis padres habían salido, no recuerdo a dónde, y que la cena estaba en la heladera para calentar en el microondas. No cené. Subí a mi cuarto, tenía mucho en que pensar. No sé cuanto tiempo estuve así, tirado en la cama y con la luz apagada. Hasta que sonó el teléfono. —¿Hace mucho que llegaste? Creí que me ibas a llamar. ¿Cómo te fue?— obviamente era Mariano. —No, llegué recién— fue todo lo que atiné a decir. —¿Y? Contáme qué te dijo... —Nada...no...no estaba. Eso, no estaba —mentí de la forma más convincente que pude. —¿Y por qué tardaste tanto en volver? Así son los amigos, uno quiere estar solo, pensar, terminar una conversación y ellos lo someten a uno a un interrogatorio. —Lo que pasa...es...es...que me perdí. Me perdí. No encontré la parada del colectivo para volver. Me fui caminando para el otro lado —realmente ni yo me lo creí, mi voz estaba toda temblorosa, muy poco convincente. —¿Te pasa algo, estás un poco raro? —insistió él. —Estaba yendo para el baño cuando sonó el teléfono. —Ah, bueno —Mariano se rió—. Andá tranquilo no quiero que te ensucies los pantalones por mi culpa. Nos vemos mañana. Y cortó. Por fin. Tenía muchas cosas en qué pensar, muchas cosas que no entendía. Prendí la tele, buscando algo que me distrajera un poco. El lío que tenía en la cabeza era como un gran ovillo que no tenía ni principio, ni final. Al menos por el momento. Al menos para mí. Me encontré mirando "Tarzán en New York", una de esas tantas películas horribles, con uno de esos tantos tarzanes horribles. La historia era así, unos cazadores capturaban a Chita y la subían a un barco. Tarzán se subía a otro barco para ir a