Los cuadernos G y H de Burdeos CUADERNOS G Y H BURDEOS REVISADO | Page 194

194 dido también por grabados. En los siglos XVII y XVIII alcanzó gran popularidad en los demás países europeos del norte. Sin embargo, no existen testimonios referentes a su práctica en España durante la vida de Goya, si bien en la época de la posguerra se vendieron en Madrid patines im- portados de Inglaterra (Diario de Madrid, 19 de diciembre de 1818, p. 7), y se describía en varios diarios y revistas españoles basándose en libros de viajes a países del norte. El patinaje forma parte también del libro del francés Jean Augustín Amar du Rivier, cuya versión española titulada La gimnástica o escuela de la juventud: tratado elemental de juegos, de exercicios considerados en razón de su utilidad física y moral, fue publicada en Madrid en 1807 con una dedicatoria al director general del Real Semanario de Nobles de Madrid. Aquí el patinaje aparece en la sección “El equilibrio y balanceo”, elogiado como uno “de los mejores ejercicios gimnásticos” por “la pu- reza del ayre, lo intenso del frio, la circulación mas acerada de los humores y la sangre, la tensión de los músculos, y los movimientos circulares que forman los patineros, el regocijo que les anima; en una palabra, todo debe influir necesariamente no solo en el fisico, sino en el moral del hombre” (Amar du Rivier, 1807, p. 236). Goya, sin embargo, ha convertido esta diversión popular en una escena grotesca al representar a un monje patinando, vestido con su hábito monacal debajo del cual lleva unos pantalones largos, cubierta la cabeza con un gorro y colgando de su cinturón una bolsa, seguramente de dinero o de otras preciosidades como las que se mencionan en una sátira contra los clérigos publicada en el nº 23 de El Zurriago, revista liberal publicada entre los años 1820 y 1823. Las manos del monje están cubiertas por el manto, así que le resulta difícil mantener el equilibrio sobre los patines, cuyas cuchillas alargó Goya considerablemente. El exagerado movimiento y la postura inestable, junto con la obtusa y contenta expresión de la cara, de rasgos caricaturescos, confieren un carác- ter absurdo a este personaje que se dedica a una de las actividades estimadas como útiles para la salud física y moral. Lo que choca con el riguroso rechazo por parte del clero de cualquier forma de progreso.