hizo. El verdadero regalo no es el objeto, sino el pensamiento de
regalarlo. Y los pensamientos son la vida de la imaginación en nuestra
mente.
Pero cuando te regalan algo concreto, algo que puedas tocar con
manos, tomas el regalo y lo miras. Tú, claro, tratas de adivinar lo que es...
Miras el color del papel, la forma del regalo y te imaginas: ¿qué podría
ser? Lo sacudes y lo pesas para ver cómo suena y el ruido que hace.
Después, lo abres: no sabes cómo reaccionar: sorpresa, enfado, disgusto,
felicidad, desilusión, pena… Agradeces a la persona que te lo ofreció. Lo
utilizas inmediatamente y después de algunos meses te hartas y lo olvidas.
Si no te gusta el regalo, sonríes molesto, te sientes incómodo. Tomas el
regalo y una vez que estés en tu casa, lo tiras o lo pones de lado.
Si es un libro, sabes que debes leerlo.
Si es un disco, vas a escucharlo.
Si es una joya, sabes que debes llevarlo.
Si es un cuadro, no sabes donde colgarlo.
Si es un peluche, debes ponerlo en tu cama.
Si es una prenda de vestir es porque te vistes mal.
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