Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | страница 437

chimenea. Kate y yo permanecemos calladas mientras vemos cómo coge un encendedor de la repisa, prende fuego al e-mail, lo suelta y deja que caiga flotando lentamente en llamas sobre el suelo del hogar hasta quedar reducido a cenizas. El silencio en la habitación es opresivo. —¿Ni siquiera a Elliot? —le pregunto a Kate. —A nadie —afirma enfáticamente ella, que por primera vez parece dolida y desconcertada—. Yo solo quería saber si estabas bien, Ana —murmura. —Estoy bien, Kate. Más que bien. Por favor, Christian y yo estamos estupendamente, de verdad; eso es cosa del pasado. Por favor, ignóralo. —¿Que lo ignore? —dice—. ¿Cómo voy a ignorar esto? ¿Qué te ha hecho él? —pregunta, y sus ojos verdes están cargados de preocupación sincera. —Él no me ha hecho nada, Kate. En serio… estoy bien. Ella me mira, vacilante. —¿De verdad? Christian me pasa un brazo por la cintura y me estrecha contra él, sin apartar los ojos de Kate. —Ana ha aceptado ser mi mujer, Katherine —dice tranquilamente. —¡Tu mujer! —chilla Kate, y abre mucho los ojos, sin dar crédito. —Vamos a casarnos. Vamos a anunciar nuestro compromiso esta noche — afirma él. —¡Oh! —Kate me mira con la boca abierta. Está atónita—. ¿Te dejo sola quince días y vas a casarte? Esto muy precipitado. Así que ayer, cuando dije… —Me mira, estupefacta—. ¿Y cómo encaja este e-mail en todo esto? —No encaja, Kate. Olvídalo… por favor. Yo le quiero y él me quiere. No arruines su fiesta y nuestra noche. No lo hagas —susurro. Ella pestañea y de pronto sus ojos están brillantes por las lágrimas. —No. Claro que no. ¿Tú estás bien? Quiere que se lo asegure para quedarse tranquila. —Soy más feliz que en toda mi vida —murmuro. Ella se acerca y me coge la mano, haciendo caso omiso del brazo de Christian rodeando mi cintura. —¿De verdad estás bien? —pregunta esperanzada. —Sí. Le sonrío de oreja a oreja, recuperada por fin mi alegría. Kate se relaja, y su sonrisa es un reflejo de mi felicidad. Me aparto de Christian, y ella me abraza de repente. —Oh, Ana… me quedé tan preocupada cuando leí esto. No sabía qué pensar. ¿Me lo explicarás? —musita. —Algún día, ahora no. —Bien. Yo no se lo contaré a nadie. Te quiero mucho, Ana, como a una