Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Seite 401
nuca hasta el nacimiento del pelo, y de nuevo hacia abajo, sin parar de besarme y
chuparme el cuello.
Yo gimo y él me retira dulcemente el vestido de los hombros, haciéndolo
bajar sobre mis senos mientras me besa la nuca y debajo de la oreja. Me desabrocha el
sujetador, lo aparta también y libera mis pechos. Los rodea y los cubre con las manos
susurrándome cosas bonitas al oído.
—Eres preciosa —murmura.
Tengo los brazos atrapados por el sujetador y el vestido desabrochado, que
cuelga bajo mis senos; sigo con las mangas puestas, pero tengo las manos libres. Ladeo
la cabeza para que Christian acceda fácilmente a mi cuello y dejo que sus mágicas
manos tomen posesión de mis pechos. Echo hacia atrás los brazos y me alegra oír que
inspira bruscamente cuando mis dedos inquisitivos toman contacto con su erección. Él
presiona su sexo contra mis manos acogedoras. Maldita sea, ¿por qué no me ha dejado
que le quitara los pantalones?
Me pellizca los pezones, y mientras se endurecen y yerguen bajo sus
expertas caricias, todos los pensamientos relacionados con sus pantalones desaparecen
y un libidinoso placer se clava con fuerza bajo mi vientre. Pegada a su cuerpo, echo la
cabeza hacia atrás y gimo.
—Sí —musita, me da la vuelta otra vez y atrapa mi boca con la suya.
Me despoja del sujetador, el vestido y las bragas y los deja caer, de forma
que se unen a su camisa en un amasijo de ropa húmeda sobre el suelo de la ducha.
Cojo el gel que está a nuestro lado. Christian se queda quieto en cuanto se
da cuenta de lo que voy a hacer. Le miro directamente a los ojos y me pongo un poco
de gel en la palma de la mano. La mantengo levantada frente a su torso, esperando su
respuesta a mi pregunta implícita. Él abre mucho los ojos y me contesta con un
asentimiento casi imperceptible.
Poso la mano cuidadosamente sobre su esternón y, con suavidad, empiezo a
frotarle la piel con el jabón. Christian inspira profundamente hinchando el torso, pero
aparte de eso permanece inmóvil. Acto seguido me aferra las caderas con las manos,
pero no me aparta. Me observa con recelo y con una mirada más intensa que asustada,
pero sus labios están entreabiertos y su respiración acelerada.
—¿Estás bien? —susurro.
—Sí.
Su breve respuesta es casi un jadeo. Acuden a mi memoria todas las veces
que nos hemos duchado juntos, aunque el recuerdo del Olympic es agridulce. Bueno,
ahora puedo tocarle. Le lavo con cariño dibujando pequeños círculos. Limpio a mi
hombre por debajo de los brazos, sobre las costillas, y desciendo por su vientre firme
y plano, hasta el vello que sobresale de su zona púbica.
—Ahora me toca a mí —musita.
Coge el champú, nos aparta a ambos del chorro de agua y me vierte un poco