Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 399
Christian parpadea y me mira, incrédulo.
—Así que toda la noche de ayer, mientras yo te suplicaba una respuesta,
¿ya me la habías dado?
Parece consternado. Yo vuelvo a asentir e intento desesperadamente
evaluar su reacción. Él se me queda mirando, estupefacto, atónito, pero entonces
entorna los ojos y en su boca se dibuja un amago de ironía.
—Toda esa preocupación… —susurra en un tono inquietante. Yo le sonrío
y me encojo de hombros otra vez—. Oh, no intente hacerse la niña ingenua conmigo,
señorita Steele. Ahora mismo, tengo ganas de…
Se pasa la mano por el pelo, y luego menea la cabeza y cambia de táctica.
—No puedo creer que me dejaras con la duda.
Su voz susurrante está teñida de incredulidad. Su expresión cambia
levemente, sus ojos brillan perversos y aparece su sonrisa sensual.
Santo cielo. Me estremezco por dentro. ¿En qué está pensando?
—Creo que esto se merece algún tipo de retribución, señorita Steele —dice
en voz baja.
¿Retribución? ¡Oh, no! Sé que está jugando… pero aun así retrocedo un
poco con cautela.
Christian sonríe.
—¿Así que ese es el juego? —susurra—. Porque te tengo en mis manos. —
Y sus ojos arden intensos, juguetones—. Y además te estás mordiendo el labio —
añade amenazador.
Siento cómo todas mis entrañas se contraen súbitamente. Oh, Dios. Mi
futuro marido quiere jugar. Retrocedo un paso más, y luego me doy la vuelta para tratar
de huir, pero es en vano. Christian me agarra con un rápido movimiento y yo grito de
placer, sorprendida y sobresaltada. Me carga sobre su hombro y echa a andar por el
pasillo.
—¡Christian! —siseo, consciente de que José está arriba, aunque no creo
que pueda oírnos.
Intento tranquilizarme dándole palmaditas en la parte baja de la espalda, y
de pronto, con un valeroso impulso irrefrenable, le doy un cachete en el trasero. Él me
lo devuelve inmediatamente.
—¡Ay! —chillo.
—Hora de ducharse —declara triunfante.
—¡Bájame!
Me esfuerzo por parecer enfadada, pero fracaso. Es una lucha fútil, él me
sujeta firmemente los muslos con el brazo, y por la razón que sea no puedo parar de
reír.
—¿Les tienes mucho cariño a estos zapatos? —pregunta con ironía,
mientras abre la puerta del baño de su dormitorio.