Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 393
—Con los extintores. La ley nos obliga a llevarlos —contesta Christian en
el mismo tono.
Y me vienen a la mente unas palabras que pronunció hace ya un tiempo:
«Agradezco todos los días a la divina providencia que fueras tú quien vino a
entrevistarme y no Katherine Kavanagh».
—¿Por qué no telefoneaste, ni usaste la radio? —pregunta Grace.
Christian sacude la cabeza.
—El sistema electrónico estaba desconectado, y por tanto no teníamos
radio. Y no quería arriesgarme a ponerlo de nuevo en marcha por culpa del fuego. El
GPS de la BlackBerry seguía funcionando, y así pude orientarme hasta la carretera más
cercana. Caminamos cuatro horas hasta llegar a ella. Ros llevaba tacones.
Los labios de Christian se convierten en una fina línea reprobatoria.
—No teníamos cobertura en el móvil. En Gifford no hay. Primero se agotó
la batería del de Ros. La del mío se terminó durante el camino.
Santo Dios… Me pongo tensa y Christian me atrae hacia él y me sienta en
su regazo.
—¿Cómo conseguisteis volver a Seattle? —pregunta Grace, que al vernos
pestañea levemente, y yo me ruborizo.
—Nos pusimos a hacer autoestop. Juntamos el dinero que llevábamos
encima. Entre los dos, reunimos seiscientos dólares, y pensamos que tendríamos que
pagar a alguien para que nos trajera de vuelta, pero un camionero se paró y aceptó
llevarnos a casa. Rechazó el dinero que le ofrecimos y compartió su comida con
nosotros. —Christian menea la cabeza consternado al recordarlo—. Tardamos
muchísimo. Él no tenía móvil, cosa rara pero cierta. No se me ocurrió pensar…
Se calla y mira a su familia.
—¿Que nos preocuparíamos? —dice Grace, indignada—. ¡Oh, Christian!
—le reprocha—. ¡Casi nos volvemos locos!
—Has salido en las noticias, hermanito.
Christian alza la vista, con aire resignado.
—Sí. Me imaginé algo al llegar y ver todo este recibimiento y el puñado de
fotógrafos que hay en la calle. Lo siento, mamá. Debería haberle pedido al camionero
que parara para poder telefonear. Pero estaba ansioso por volver —añade, mirando de
reojo a José.
Ah, era por eso, porque José se queda a dormir aquí. Frunzo el ceño ante la
idea. Dios… tanta preocupación por una tontería.
Grace menea la cabeza.
—Estoy muy contenta de que hayas vuelto de una pieza, cariño, eso es lo
único que importa.
Yo empiezo a relajarme. Apoyo la cabeza en su pecho. Huele a naturaleza,
y levemente a sudor y a gel de baño… a Christian, el aroma que más me gusta del