Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Página 333
demoran ligeramente sobre mi culo.
—Cuando estés lista, también querré esto. —Su dedo se adentra en mí.
Jadeo con fuerza y noto cómo me tenso ante su delicada exploración—. Hoy no, dulce
Ana, pero un día… te deseo en todas las formas posibles. Quiero poseer cada
centímetro de tu cuerpo. Eres mía.
Yo pienso en el dilatador anal, y todo se contrae en mis entrañas. Sus
palabras me provocan un gemido, y sus dedos siguen deslizándose hasta moverse
alrededor de un territorio más familiar.
Momentos después, me penetra con fuerza.
—¡Ay! Cuidado —grito, y se queda quieto.
—¿Estás bien?
—No tan fuerte… deja que me acostumbre.
Él sale de mí despacio y vuelve a entrar con cuidado, llenándome,
dilatándome, una vez, dos, y ya soy suya.
—Sí, bien, ahora sí —murmuro, gozando de la sensación.
Él gime, y empieza a coger ritmo. Se mueve… se mueve… despiadado…
adelante, atrás, llenándome… y es delicioso. Me hace feliz estar indefensa, feliz
rendirme a él, y feliz saber que puede perderse en mí del modo que desea. Soy capaz
de hacer esto. Él me lleva a esos lugares oscuros, lugares que yo no sabía siquiera que
existían, y juntos los llenamos de una luz cegadora. Oh, sí… una luz cegadora y
violenta.
Y me dejo ir, gozando de lo que me hace, descubriendo esa dulce, dulce
rendición, y vuelvo a correrme gritando muy fuerte su nombre. Y entonces él se queda
quieto y vierte en mí todo su corazón y toda su alma.
—Ana, nena —grita, y se derrumba a mi lado.
Sus hábiles dedos deshacen las ataduras, y me masajea los tobillos y luego
las muñecas. Cuando termina y por fin estoy libre, me acoge en sus brazos y me
adormezco, exhausta.
Cuando recupero la conciencia, estoy acurrucada a su lado y él me está
mirando fijamente. No tengo ni idea de qué hora es.
—Podría pasarme la vida contemplando cómo duermes, Ana —murmura, y
me besa la frente.
Yo sonrío y me desperezo lánguidamente a su lado.
—No pienso dejar que te vayas nunca —dice en voz baja, y me rodea con
sus brazos.
Mmm…
—No quiero marcharme nunca. No me dejes marchar nunca —musito medio
dormida, sin fuerzas para abrir los párpados.
—Te necesito —susurra, pero su voz es una parte distante y etérea de mis
sueños.