Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 66

Ana: ¿Cómo están Elliot y Ethan? Kate: A Ethan lo han aceptado en el curso de psicología en Seattle para hacer el máster. Elliot es adorable. Ana: Bien por Ethan. Kate: ¿Qué tal tu ex dominante favorito? Ana: ¡Kate! Kate: ¿Qué? Ana: ¡YA SABES QUÉ! Kate: Perdona… Ana: Está bien. Más que bien. Kate: Bueno, mientras tú seas feliz, yo también. Ana: Estoy pletóricamente feliz. Kate: Tengo que irme corriendo. ¿Hablamos luego? Ana: No sé. Tendrás que comprobar si sigo conectada. ¡La diferencia horaria es una mierda! Kate: Sí, cierto. Te quiero, Ana. Ana: Yo a ti también. Hasta luego. x Kate: Hasta luego. <3 Seguro que Kate sigue de cerca esta historia. Pongo los ojos en blanco y cierro Skype para que Christian no pueda ver ese chat. No le gustaría el comentario del ex dominante. Además no estoy segura de que se pueda decir que es ex… Suspiro en voz alta. Kate lo sabe desde nuestra noche de borrachera tres semanas antes de la boda, cuando al fin sucumbí a las insistentes preguntas de Kate Kavanagh. Fue un alivio contárselo a alguien al fin. Miro el reloj. Ha pasado más o menos una hora desde la cena y ya empiezo a echar de menos a mi marido. Vuelvo a cubierta para ver si ha terminado lo que estaba haciendo. Estoy en la Galería de los Espejos y Christian está de pie a mi lado, sonriéndome con amor y ternura. «Pareces un ángel.» Le sonrío, pero cuando miro al espejo estoy de pie sola y la sala es gris y no tiene ningún adorno. ¡No! Giro la cabeza para volver a ver su cara, pero ahora su sonrisa es triste y nostálgica. Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Después se vuelve sin decir una palabra y se aleja lentamente. Sus pasos resuenan entre los espejos mientras cruza la enorme sala hacia las ornamentadas puertas dobles que hay al final. Un hombre solo, sin reflejo… Y entonces me despierto, boqueando para poder respirar, ahogada por el pánico. —¿Qué pasa? —me susurra desde la oscuridad a mi lado, con la voz teñida de preocupación. Oh, está aquí. Está bien. Me lleno de alivio. —Oh, Christian… —Todavía estoy intentando que los latidos de mi corazón recuperen su velocidad normal. Me abraza y solo entonces me doy cuenta de que tengo lágrimas corriéndome por la cara. —Ana, ¿qué te ocurre? —Me acaricia la mejilla para enjugarme las lágrimas. Hay angustia en esa pregunta. —Nada. Una estúpida pesadilla. Me besa la frente y las mejillas surcadas de lágrimas para consolarme.