Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 44

inaccesible. —Oh… vaya. —Espero que eso ponga fin a ese escrutinio francamente indiscreto. —Tengo una idea. —Salta desnudo de la cama y va al baño. Pero ¿qué va a hacer? Vuelve poco después con un vaso de agua, mi maquinilla de afeitar, su brocha, jabón de afeitar y una toalla. Pone el agua, la brocha, el jabón y la maquinilla en la mesita de noche y me mira con la toalla en la mano. ¡Oh, no! Mi subconsciente cierra de golpe las Obras completas de Charles Dickens, salta del sofá y pone los brazos en jarras. —¡No, no y no! —chillo. —Señora Grey, si se hace algo, mejor hacerlo bien. Levanta las caderas. —Sus ojos son del color gris de una tormenta de verano. —¡Christian! No me vas a afeitar. Ladea la cabeza. —¿Y por qué no? Me ruborizo… ¿no es obvio? —Porque… es demasiado… —¿Íntimo? —termina mi frase—. Ana, estoy deseando tener intimidad contigo, ya lo sabes. Además, después de todo lo que hemos hecho, no sé por qué te pones pudorosa ahora. Me conozco esa parte de tu cuerpo mejor que tú. Le miro con la boca abierta. Pero qué arrogante. Aunque es cierto que lo conoce bien, pero aun así… —¡No está bien! —Sueno remilgada y quejica. —Claro que está bien… y es excitante. ¿Excitante? ¿Ah, sí? —¿Esto te excita? —No puedo evitar el tono de asombro. Él ríe burlón. —¿Es que no lo ves? —pregunta señalando su erección con la cabeza—. Quiero afeitarte —me susurra. Oh, qué demonios… Me tumbo y me tapo la cara con un brazo; no quiero mirar. —Si eso te hace feliz, Christian, hazlo. Eres un pervertido, ¿lo sabías? —le digo a la vez que levanto las caderas y él coloca la toalla bajo mi culo. Me da un beso en la parte interior del muslo. —Nena, qué razón tienes. Oigo el ruido del agua cuando moja la brocha en el vaso y después el susurro de la brocha al impregnarla de jabón. Me coge el tobillo izquierdo y me abre las piernas. La cama se hunde cuando se sienta entre ellas. —Ahora mismo tengo muchas ganas de atarte —me dice. —Prometo quedarme quieta. —Vale. Doy un respingo cuando me pasa la brocha llena de jabón sobre el hueso púbico. Está templada. El agua del vaso debe de estar caliente. Me revuelvo un poco. Me hace cosquillas… pero me gusta. —No te muevas —me ordena Christian y vuelve a pasar la brocha—. O te ato —añade en tono amenazante y un escalofrío me recorre la espalda.