Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 382
compartirte. Nunca antes había tenido lo que tenemos ahora. Quiero ser el centro de tu universo, por un
tiempo al menos.
Oh, Christian…
—Lo eres. Y eso no va a cambiar.
Él me dedica una sonrisa indulgente, triste y resignada.
—Ana —me susurra—, eso no puede ser verdad.
Los ojos se me llenan de lágrimas.
—¿Cómo puedes pensarlo? —murmura.
Oh, no.
—Mierda… No llores, Ana. Por favor, no llores. —Me acaricia la cara.
—Lo siento. —Me tiembla el labio inferior. Él me lo acaricia con el pulgar y eso me calma—. No, Ana,
no. No lo sientas. Vas a tener otra persona a la que amar. Y tienes razón. Así es cómo tiene que ser.
—Bip te querrá también. Serás el centro del mundo de Bip… de Junior —susurro—. Los niños quieren a
sus padres incondicionalmente, Christian. Vienen así al mundo. Programados para querer. Todos los bebés…
incluso tú. Piensa en ese libro infantil que te gustaba cuando eras pequeño. Todavía necesitabas a tu madre.
La querías.
Arruga la frente y aparta la mano para colocarla convertida en un puño contra su barbilla.
—No —susurra.
—Sí, así es. —Las lágrimas empiezan a caerme libremente—. Claro que sí. No era una opción. Por eso
estás tan herido.
Me mira fijamente con la expresión hosca.
—Por eso eres capaz de quererme a mí —murmuro—. Perdónala. Ella tenía su propio mundo de dolor con
el que lidiar. Era una mala madre, pero tú la querías.
Sigue mirándome sin decir nada, con los ojos llenos de recuerdos que yo solo empiezo a intuir.
Oh, por favor, no dejes de hablar.
Por fin dice:
—Solía cepillarle el pelo. Era guapa.
—Solo con mirarte a ti nadie lo dudaría.
—Pero era una mala madre —Su voz es apenas audible.
Asiento y él cierra los ojos.
—Me asusta que yo vaya a ser un mal padre.
Le acaricio esa cara que tanto quiero. Oh, mi Cincuenta, mi Cincuenta, mi Cincuenta…
—Christian, ¿cómo puedes pensar ni por un momento que yo te dejaría ser un mal padre?
Abre los ojos y se me queda mirando durante lo que me parece una eternidad. Sonríe y el alivio empieza a
iluminar su cara.
—No, no creo que me lo permitieras. —Me acaricia la cara con el dorso de los nudillos, mirándome
asombrado—. Dios, qué fuerte es usted, señora Grey. Te quiero tanto… —Me da un beso en la frente—. No
sabía que podría quererte así.
—Oh, Christian —susurro intentando contener la emoción.