Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 351
—¿Cómo llegaron hasta ella?
—Elizabeth Morgan —dice simplemente.
—¡No!
Asiente.
—La raptó en el gimnasio de Mia.
Frunzo el ceño y sigo sin entender.
—Ana, ya te contaré todos los detalles más tarde. Mia está bien, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado.
La drogaron. Ahora está grogui y un poco impresionada, pero gracias a algún milagro, no le hicieron daño.
—Christian aprieta la mandíbula—. Lo que hiciste —empieza y se pasa la mano por el pelo— ha sido algo
increíblemente valiente e increíblemente estúpido. Podían haberte matado. —Le brillan los ojos un momento
con un gris gélido y sé que está conteniendo su enfado.
—No sabía qué otra cosa hacer —susurro.
—¡Podías habérmelo dicho! —dice vehemente cerrando la mano que tiene en el regazo hasta convertirla en
un puño.
—Me amenazó con que la mataría si se lo decía a alguien. No podía correr el riesgo.
Christian cierra los ojos y veo el terror en su cara.
—He pasado un infierno desde el jueves.
¿Jueves?
—¿Qué día es hoy?
—Es casi sábado —me dice mirando el reloj—. Llevas más de veinticuatro horas inconsciente.
Oh.
—¿Y Jack y Elizabeth?
—Bajo custodia policial. Aunque Hyde está aquí bajo vigilancia. Le han tenido que sacar la bala que le
disparaste —dice con amargura—. Por suerte, no sé en qué sección de este hospital está, porque si no voy y
le mato. —Su rostro se oscurece.
Oh, mierda. ¿Jack está aquí?
«¡Esto es por lo de Seattle Independent Publishing, zorra!» Palidezco, se me revuelve el estómago vacío, se
me llenan los ojos de lágrimas y un fuerte estremecimiento me recorre el cuerpo.
—Vamos… —Christian se acerca con la voz llena de preocupación. Me coge el vaso de la mano y me
abraza tiernamente—. Ahora estás a salvo —murmura contra mi pelo con la voz ronca.
—Christian, lo siento mucho. —Empiezan a caer las lágrimas.
—Chis. —Me acaricia el pelo y yo sollozo en su cuello.
—Por lo que dije. No tenía intención de dejarte.
—Chis, nena, lo sé.
—¿Lo sabes? —Lo que acaba de decir hace que interrumpa mi llanto.
—Lo entendí. Al fin. De verdad que no sé en qué estabas pensando, Ana. —Suena cansado.
—Me cogiste por sorpresa —murmuro contra el cuello de su camisa—. Cuando hablamos en el banco.
Pensaste que iba a dejarte. Creí que me conocías mejor. Te he dicho una y otra vez que nunca te abandonaré.
—Pero después de cómo me comporté… —Su voz es apenas audible y estrecha su abrazo—. Creí durante