Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 323
me imagino que cae de rodillas delante de mí, feliz, me atrae hacia sus brazos y me dice cuánto nos quiere a
mí y a nuestro pequeño Bip.
Pero aquí estoy, sola y con frío en un cuarto de juegos sacado de una fantasía de BDSM. De repente me
siento mayor, mucho mayor de lo que soy en realidad. Ya sabía que Christian siempre iba a ser complicado,
pero esta vez se ha superado a sí mismo. ¿En qué estaba pensando? Bien, si quiere pelea, yo se la voy a dar.
De ningún modo voya a dejar que se acostumbre a salir corriendo para ver a esa mujer monstruosa cada vez
que tengamos un problema. Tendrá que elegir: ella o yo y nuestro pequeño Bip. Sorbo un poco por la nariz,
pero como estoy tan cansada, pronto me quedo dormida.
Me despierto sobresaltada y momentáneamente desorientada. Oh, sí; estoy en el cuarto de juegos. Como no
hay ventanas, no tengo ni idea de la hora que es. El picaporte de la puerta se agita y repiquetea.
—¡Ana! —grita Christian desde el otro lado de la puerta. Me quedo helada, pero él no entra. Oigo voces
amortiguadas, pero se alejan. Dejo escapar el aire y miro la hora en la BlackBerry. Son las ocho menos diez y
tengo cuatro llamadas perdidas y dos mensajes de voz. Las llamadas perdidas son la mayoría de Christian,
pero también hay una de Kate. Oh, no… Seguro que debe de haberla llamado. No tengo tiempo para
escuchar los mensajes. No quiero llegar tarde al trabajo.
Me envuelvo en la colcha y recojo el bolso antes de dirigirme hacia la puerta. La abro lentamente y echo
un vistazo afuera. No hay señales de nadie. Oh, mierda… Tal vez esto sea un poco melodramático. Pongo los
ojos en blanco para mis adentros, inspiro hondo y bajo la escalera.
Taylor, Sawyer, Ryan, la señora Jones y Christian se hallan en la entrada del salón y Christian está dando
instrucciones a la velocidad del rayo. Todos se giran a la vez para mirarme con la boca abierta. Christian
sigue llevando la ropa con la que se quedó dormido anoche. Está despeinado, pálido y tan guapo que casi se
me para el corazón. Sus grandes ojos grises están muy abiertos y no sé si tiene miedo o está furioso. Es difícil
saberlo.
—Sawyer, estaré lista para marcharme dentro de veinte minutos —murmuro envolviéndome un poco más
en la colcha para protegerme.
Él asiente y todos los ojos se vuelven hacia Christian, que sigue mirándome con intensidad.
—¿Quiere desayunar algo, señora Grey? —me pregunta la señora Jones.
Niego con la cabeza.
—No tengo hambre, gracias. —Ella frunce los labios pero no dice nada.
—¿Dónde estabas? —me pregunta Christian en voz baja y ronca.
De repente Sawyer, Taylor, Ryan y la señora Jones se escabullen y desaparecen en el despacho de Taylor,
en el vestíbulo y en la cocina respectivamente como ratas aterrorizadas que huyen de un barco que se hunde.
Ignoro a Christian y me dirijo a nuestro dormitorio.
—Ana —dice desde detrás de mí—, respóndeme. —Oigo sus pasos siguiéndome mientras voy camino del
dormitorio y después hasta el baño. Cierro la puerta con el pestillo en cuanto entro.
—¡Ana! —Christian aporrea la puerta. Yo abro el grifo de la ducha. La puerta tiembla—. Ana, abre la
maldita puerta.
—¡Vete!