Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 287
Christian sonríe.
—Por un momento he creído que me ibas a llevar a aquel bar horrible desde el que me llamaste borracha
aquella vez…
—¿Y por qué iba a hacer eso?
—Para comprobar si las azaleas todavía están vivas —dice con ironía arqueando una ceja.
Me sonrojo.
—¡No me lo recuerdes! De todas formas, después me llevaste a tu habitación del hotel… —le digo
sonriendo.
—La mejor decisión que he tomado —dice con una mirada tierna y cálida.
—Sí, cierto. —Me acerco y le doy un beso.
—¿Crees que ese gilipollas soberbio seguirá sirviendo las mesas? —me pregunta Christian.
—¿Soberbio? A mí no me pareció mal.
—Estaba intentando impresionarte.
—Bueno, pues lo consiguió.
Christian tuerce la boca con una mueca de fingido disgusto.
—¿Vamos a comprobarlo? —le sugiero.
—Usted primero, señora Grey.
Después de comer y de un pequeño rodeo hasta el Heathman para recoger el portátil de Christian, volvemos
al hospital. Paso la tarde con Ray, leyéndole en voz alta los manuscritos que he recibido. Lo único que me
acompaña es el sonido de las máquinas que le mantienen con vida, conmigo. Ahora que sé que está
mejorando ya puedo respirar con más facilidad y relajarme. Tengo esperanza. Solo necesita tiempo para
ponerse bien. Me pregunto si debería volver a intentar llamar a mi madre, pero decido que mejor más tarde.
Le cojo la mano con delicadeza a Ray mientras le leo y se la aprieto de vez en cuando como para desearle
que se mejore. Sus dedos son suaves y cálidos. Todavía tiene la marca donde llevaba la alianza, después de
todo este tiempo…
Una hora o dos más tarde, he perdido la noción del tiempo, levanto la vista y veo a Christian con el portátil
en la mano a los pies de la cama de Ray junto a la enfermera Kellie.
—Es hora de irse, Ana.
Oh. Le aprieto fuerte la mano a Ray. No quiero dejarle.
—Quiero que comas algo. Vamos. Es tarde. —El tono de Christian es contundente.
—Y yo voy a asear al señor Steele —dice la enfermera Kellie.
—Vale —claudico—. Volveré mañana por la mañana.
Le doy un beso a Ray en la mejilla y siento bajo los labios un principio de barba poco habitual en él. No
me gusta. Sigue mejorando, papá. Te quiero.
—He pensado que podemos cenar abajo. En una sala privada —dice Christian con un brillo en los ojos
cuando abre la puerta de la suite.
—¿De verdad? ¿Para acabar lo que empezaste hace unos cuantos meses?