Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 270

—¿Ray Steele? —susurro. Christian se pone de pie a mi lado y me rodea la cintura con el brazo. —¿Son parientes? —pregunta el médico. Sus ojos azules son casi del mismo color que su uniforme y en otras circunstancias incluso me parecería atractivo. —Soy su hija, Ana. —Señorita Steele… —Señora Grey —le corrige Christian. —Disculpe —balbucea el doctor, y durante un segundo tengo ganas de darle una patada a Christian—. Soy el doctor Crowe. Su padre está estable, pero en estado crítico. ¿Qué significa eso? Me fallan las rodillas y el brazo de Christian, que me está sujetando, es lo único que evita que me caiga redonda al suelo. —Ha sufrido lesiones internas graves —me dice el doctor Crowe—, sobre todo en el diafragma, pero hemos podido repararlas y también hemos logrado salvarle el bazo. Por desgracia, sufrió una parada cardiaca durante la operación por la pérdida de sangre. Hemos conseguido que su corazón vuelva a funcionar, pero todavía hay que controlarlo. Sin embargo, lo que más nos preocupa es que ha sufrido graves contusiones en la cabeza, y la resonancia muestra que hay inflamación en el cerebro. Le hemos inducido un coma para que permanezca inmóvil y tranquilo mientras mantenemos en observación esa inflamación cerebral. ¿Daño cerebral? No… —Es el procedimiento estándar en estos casos. Por ahora solo podemos esperar y ver la evolución. —¿Y cuál es el pronóstico? —pregunta Christian fríamente. —Señor Grey, por ahora es difícil establecer un pronóstico. Es posible que se recupere completamente, pero eso ahora mismo solo está en manos de Dios. —¿Cuánto tiempo van a mantener el coma? —Depende de la respuesta cerebral. Lo normal es que esté así entre setenta y dos y noventa y seis horas. ¡Oh, tanto…! —¿Puedo verle? —pregunto en un susurro. —Sí, podrá verle dentro de una media hora. Le han llevado a la UCI de la sexta planta. —Gracias, doctor. El doctor Crowe asiente, se gira y se va. —Bueno, al menos está vivo —le digo a Christian, y las lágrimas empiezan a rodar de nuevo por mis mejillas. —Siéntate —me dice Christian. —Papá, creo que deberíamos irnos. Necesitas descansar y no va a haber noticias hasta dentro de unas horas —le dice José al señor Rodríguez, que mira a su hijo con ojos vacíos—. Podemos volver esta noche, cuando hayas descansado. Si no te importa, Ana, claro —dice José volviéndose hacia mí con tono de súplica. —Claro que no. —¿Os alojáis en Portland? —pregunta Christian. José asiente. —¿Necesitáis que alguien os lleve a casa? José frunce el ceño.