Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 217

—No muy bien. Ethan me enseñó. Sus ojos se convierten en hielo. —Entonces has tomado la decisión correcta —me dice con la voz mucho más fría—. El suelo está muy duro y la lluvia lo hace resbaladizo y traicionero. —¿Dónde dejo los aparejos de pescar? —pregunta Ethan desde el exterior. —Déjalos ahí, Ethan… Taylor se ocupará de ellos. —¿Y los peces? —vuelve a preguntar Ethan con voz divertida. —¿Habéis pescado algo? —pregunto sorprendida. —Yo no. Kavanagh sí. —Y Christian hace un mohín encantador. Suelto una carcajada. —La señora Bentley se ocupará de ellos —responde. Ethan sonríe y entra en la casa. —¿Le resulto divertido, señora Grey? —Mucho. Estás mojado… Te voy a preparar un baño. —Solo si te metes conmigo. —Se inclina y me da un beso. Lleno la enorme bañera ovalada del lavabo de la habitación y echo un chorrito de aceite de baño del caro, que empieza a hacer espuma inmediatamente. El aroma es maravilloso… jazmín, creo. Vuelvo al dormitorio y me pongo a colgar el vestido mientras se acaba de llenar la bañera. —¿Os lo habéis pasado bien? —me pregunta Christian cuando entra en la habitación. Solo lleva una camiseta y el pantalón del chándal y va descalzo. Cierra la puerta detrás de él. —Sí —le respondo disfrutando de la vista. Le he echado de menos. Es ridículo porque ¿cuánto ha pasado? ¿unas cuantas horas…? Ladea la cabeza y me mira. —¿Qué pasa? —Estaba pensando en cuánto te he echado de menos. —Suena como si hubiera sido mucho, señora Grey. —Mucho, sí, señor Grey. Se acerca hasta quedar de pie justo delante de mí. —¿Qué te has comprado? —me pregunta y sé que es para cambiar de tema. —Un vestido, unos zapatos y un collar. Me he gastado un buen pellizco de tu dinero —confieso mirándole culpable. Eso le divierte. —Bien —dice y me coloca un mechón suelto detrás de las orejas—. Y por enésima vez: nuestro dinero. Me coge la barbilla, libera mi labio del aprisionamiento de mis dientes y me roza con el dedo índice la parte delantera de la camiseta, bajando por el esternón entre mis pechos, después por el estómago y el vientre hasta llegar al dobladillo. —Creo que no vas a necesitar esto en la bañera —susurra, agarra el dobladillo de la camiseta con ambas manos y me la va quitando lentamente—. Levanta los brazos.