Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 165

Abraza el respaldo de la silla con el brazo izquierdo y en la mano tiene un vaso de cristal tallado con un líquido ambarino. ¿Brandy? ¿Whisky? No tengo ni idea. Tiene una pierna cruzada, con el tobillo apoyado sobre la rodilla opuesta. Lleva calcetines negros y zapatos de vestir. El codo derecho descansa sobre el brazo de la silla, tiene la barbilla apoyada en la mano y se está pasando el dedo índice lenta y rítmicamente por el labio inferior. En la luz de primera hora de la mañana sus ojos arden con una grave intensidad, pero su expresión general es imposible de identificar. Casi se me para el corazón. Está aquí. ¿Cómo ha podido llegar? Ha tenido que salir de Nueva York anoche. ¿Cuánto tiempo lleva viéndome dormir? —Hola —le susurro. Su mirada es fría y el corazón está a punto de parárseme otra vez. Oh, no. Aparta los dedos de la boca, se bebe de un trago lo que le queda de la bebida y pone el vaso en la mesilla. Espero que me dé un beso, pero no. Vuelve a arrellanarse en la silla y sigue mirándome impasible. —Hola —dice por fin en voz muy baja. E inmediatamente sé todavía está furioso. Muy furioso. —Has vuelto. —Eso parece. Me levanto lentamente hasta quedar sentada sin apartar los ojos de él. Tengo la boca seca. —¿Cuánto tiempo llevas ahí mirándome dormir? —El suficiente. —Sigues furioso. —Casi no puedo ni pronunciar las palabras. Él me mira fijamente, como si estuviera reflexionando sobre qué responderme. —Furioso… —dice como probando la palabra y sopesando sus matices y su significado—. No, Ana. Estoy mucho, mucho más que furioso. Oh, madre mía. Intento tragar saliva, pero es muy difícil con la boca seca. —Mucho más que furioso. Eso no suena bien. Vuelve a mirarme fijamente, del todo impasible y no responde. Un silencio sepulcral se cierne sobre nosotros. Extiendo la mano para coger mi vaso de agua y le doy un sorbo agradecida, a la vez que intento recuperar el control sobre mi errático corazón. —Ryan ha cogido a Jack. —Pongo el vaso de nuevo en la mesilla e intento una táctica diferente. —Lo sé —responde en un tono gélido. Claro que lo sabe… —¿Vas a seguir respondiéndome con monosílabos durante mucho tiempo? Mueve casi imperceptiblemente las cejas, lo que demuestra su sorpresa; no se esperaba esa pregunta. —Sí —responde después. Oh… vale. ¿Qué puedo hacer? Defensa; es la mejor forma de ataque. —Siento haberme quedado por ahí. —¿De verdad? —No —confieso después de una pausa porque es la verdad. —¿Y por qué lo dices, entonces? —Porque no quiero que estés enfadado conmigo.