Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 158
ir al baño.
Prescott me acompaña. No dice nada, pero tampoco hace falta que lo haga. La desaprobación irradia de su
cuerpo como un isótopo letal.
—No he salido sola desde que me casé —digo para mí, mirando la puerta cerrada del baño. Hago una
mueca sabiendo que ella está de pie al otro lado de la puerta, esperando a que termine de hacer pis. ¿Y qué
iba a hacer Hyde en un bar? Christian está reaccionando exageradamente, como siempre.
—Kate, es tarde. Deberíamos irnos.
Son las diez y cuarto y acabo de terminarme mi cuarto mojito. Ya estoy empezando a sentir los efectos del
alcohol: tengo calor y la vista borrosa. Christian estará bien. Cuando se le pase…
—Claro, Ana. Me he alegrado mucho de verte. Se te ve tan, no sé… segura. El matrimonio te sienta bien,
sin duda.
Me sonrojo. Viniendo de Katherine Kavanagh eso es más que un cumplido.
—Sí, es cierto —murmuro y como he bebido demasiado, los ojos se me llenan de lágrimas.
¿Podría ser más feliz? A pesar de todo el equipaje que trae, de su naturaleza y de sus sombras, he conocido
y me he casado con el hombre de mis sueños. Cambio rápidamente de tema para alejar esos pensamientos tan
sentimentales, porque si no sé que voy a acabar llorando.
—Me lo he pasado muy bien. —Le cojo la mano—. ¡Gracias por obligarme a venir!
Nos abrazamos. Cuando me suelta, asiento en dirección a Sawyer y él le pasa las llaves del coche a
Prescott.
—Estoy segura de que la señorita te-miro-por-encima-del-hombro Prescott le ha dicho a Christian que no
estamos en el piso. Y él se habrá puesto furioso —le digo a Kate. Y tal vez se le haya ocurrido alguna forma
deliciosa de castigarme… Ojala…
—¿Por qué sonríes como una tonta, Ana? ¿Es que te gusta poner furioso a Christian?
—No. La verdad es que no. Pero es tan fácil… Es muy controlador a veces. —Más bien casi todo el
tiempo…
—Ya lo he notado —dice Kate lacónicamente.
Aparcamos delante del apartamento de Kate y ella me da un abrazo fuerte.
—No te conviertas en una extraña —me susurra y me da un beso en la mejilla. Después sale del coche.
La despido con la mano y de repente siento una extraña nostalgia. Echaba de menos la charla de chicas. Es
divertida y relajante y me recuerda que todavía soy joven. Tengo que esforzarme más en encontrar tiempo
para ver a Kate, pero lo cierto es que me encanta estar en la burbuja con Christian. Anoche fuimos a la cena
de una organización de caridad. Había muchos hombres con trajes y mujeres elegantes y arregladas hablando
de los precios de las propiedades inmobiliarias, de la caída de la economía y de los mercados emergentes.
Algo aburrido, aburridísimo. Es refrescante soltarme el pelo con alguien de mi edad.
Me ruge el estómago. Todavía no he cenado. ¡Mierda! ¡Christian! Rebusco en el bolso y saco la
BlackBerry. Oh, madre mía… Cinco llamadas perdidas. Y un mensaje: