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I Crónicas
21. 2–17
hiciese censo de Israel. Y dijo David a Joab y a los príncipes
del pueblo: Id, haced censo de Israel desde Beerseba hasta Dan,
e informadme sobre el número de ellos para que yo lo sepa. Y
dijo Joab: Añada Jehová a su pueblo cien veces más, rey señor
mío; ¿no son todos éstos siervos de mi señor? ¿Para qué procu-
ra mi señor esto, que será para pecado a Israel? Mas la orden
del rey pudo más que Joab. Salió, por tanto, Joab, y recorrió
todo Israel, y volvió a Jerusalén y dio la cuenta del número
del pueblo a David. Y había en todo Israel un millón cien mil
que sacaban espada, y de Judá cuatrocientos setenta mil hom-
bres que sacaban espada. Entre éstos no fueron contados los
levitas, ni los hijos de Benjamín, porque la orden del rey era
abominable a Joab. Asimismo esto desagradó a Dios, e hirió
a Israel. Entonces dijo David a Dios: He pecado gravemente
al hacer esto; te ruego que quites la iniquidad de tu siervo,
porque he hecho muy locamente. Y habló Jehová a Gad, vi-
dente de David, diciendo: Ve y habla a David, y dile: Así ha
dicho Jehová: Tres cosas te propongo; escoge de ellas una que
yo haga contigo. Y viniendo Gad a David, le dijo: Así ha di-
cho Jehová: Escoge para ti: o tres años de hambre, o por tres
meses ser derrotado delante de tus enemigos con la espada de
tus adversarios, o por tres días la espada de Jehová, esto es, la
peste en la tierra, y que el ángel de Jehová haga destrucción en
todos los términos de Israel. Mira, pues, qué responderé al que
me ha enviado. Entonces David dijo a Gad: Estoy en grande
angustia. Ruego que yo caiga en la mano de Jehová, porque
sus misericordias son muchas en extremo; pero que no caiga
en manos de hombres. Así Jehová envió una peste en Israel,
y murieron de Israel setenta mil hombres. Y envió Jehová el
ángel a Jerusalén para destruirla; pero cuando él estaba des-
truyendo, miró Jehová y se arrepintió de aquel mal, y dijo al
ángel que destruía: Basta ya; detén tu mano. El ángel de Jeho-
vá estaba junto a la era de Ornán jebuseo. Y alzando David
sus ojos, vio al ángel de Jehová, que estaba entre el cielo y la
tierra, con una espada desnuda en su mano, extendida contra
Jerusalén. Entonces David y los ancianos se postraron sobre
sus rostros, cubiertos de cilicio. Y dijo David a Dios: ¿No soy
yo el que hizo contar el pueblo? Yo mismo soy el que pequé, y
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