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I Reyes
3. 11–26
delante del Señor que Salomón pidiese esto. Y le dijo Dios:
Porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días,
ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos,
sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, he
aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he
dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes
de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú.
Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y
gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú
en todos tus días. Y si anduvieres en mis caminos, guardando
mis estatutos y mis mandamientos, como anduvo David tu
padre, yo alargaré tus días. Cuando Salomón despertó, vio
que era sueño; y vino a Jerusalén, y se presentó delante del arca
del pacto de Jehová, y sacrificó holocaustos y ofreció sacrificios
de paz, e hizo también banquete a todos sus siervos. En aquel
tiempo vinieron al rey dos mujeres rameras, y se presentaron
delante de él. Y dijo una de ellas: ¡Ah, señor mío! Yo y esta
mujer morábamos en una misma casa, y yo di a luz estando
con ella en la casa. Aconteció al tercer día después de dar
yo a luz, que ésta dio a luz también, y morábamos nosotras
juntas; ninguno de fuera estaba en casa, sino nosotras dos en
la casa. Y una noche el hijo de esta mujer murió, porque ella
se acostó sobre él. Y se levantó a medianoche y tomó a mi
hijo de junto a mí, estando yo tu sierva durmiendo, y lo puso
a su lado, y puso al lado mío su hijo muerto. Y cuando yo me
levanté de madrugada para dar el pecho a mi hijo, he aquí que
estaba muerto; pero lo observé por la mañana, y vi que no era
mi hijo, el que yo había dado a luz. Entonces la otra mujer
dijo: No; mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto. Y la
otra volvió a decir: No; tu hijo es el muerto, y mi hijo es el que
vive. Así hablaban delante del rey. El rey entonces dijo: Esta
dice: Mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto; y la otra
dice: No, mas el tuyo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Y
dijo el rey: Traedme una espada. Y trajeron al rey una espada.
En seguida el rey dijo: Partid por medio al niño vivo, y dad la
mitad a la una, y la otra mitad a la otra. Entonces la mujer
de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se
le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a ésta
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