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II Samuel
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el rey diez mujeres concubinas, para que guardasen la casa.
Salió, pues, el rey con todo el pueblo que le seguía, y se de-
tuvieron en un lugar distante. Y todos sus siervos pasaban a
su lado, con todos los cereteos y peleteos; y todos los geteos,
seiscientos hombres que habían venido a pie desde Gat, iban
delante del rey. Y dijo el rey a Itai geteo: ¿Para qué vienes tú
también con nosotros? Vuélvete y quédate con el rey; porque
tú eres extranjero, y desterrado también de tu lugar. Ayer vi-
niste, ¿y he de hacer hoy que te muevas para ir con nosotros?
En cuanto a mí, yo iré a donde pueda ir; tú vuélvete, y haz
volver a tus hermanos; y Jehová te muestre amor permanente
y fidelidad. Y respondió Itai al rey, diciendo: Vive Dios, y
vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde
mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo. En-
tonces David dijo a Itai: Ven, pues, y pasa. Y pasó Itai geteo,
y todos sus hombres, y toda su familia. Y todo el país lloró
en alta voz; pasó luego toda la gente el torrente de Cedrón;
asimismo pasó el rey, y todo el pueblo pasó al camino que va
al desierto. Y he aquí, también iba Sadoc, y con él todos los
levitas que llevaban el arca del pacto de Dios; y asentaron el
arca del pacto de Dios. Y subió Abiatar después que todo el
pueblo hubo acabado de salir de la ciudad. Pero dijo el rey a
Sadoc: Vuelve el arca de Dios a la ciudad. Si yo hallare gracia
ante los ojos de Jehová, él hará que vuelva, y me dejará verla
y a su tabernáculo. Y si dijere: No me complazco en ti; aquí
estoy, haga de mí lo que bien le pareciere. Dijo además el rey
al sacerdote Sadoc: ¿No eres tú el vidente? Vuelve en paz a la
ciudad, y con vosotros vuestros dos hijos; Ahimaas tu hijo, y
Jonatán hijo de Abiatar. Mirad, yo me detendré en los vados
del desierto, hasta que venga respuesta de vosotros que me dé
aviso. Entonces Sadoc y Abiatar volvieron el arca de Dios
a Jerusalén, y se quedaron allá. Y David subió la cuesta de
los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y
los pies descalzos. También todo el pueblo que tenía consigo
cubrió cada uno su cabeza, e iban llorando mientras subían.
Y dieron aviso a David, diciendo: Ahitofel está entre los que
conspiraron con Absalón. Entonces dijo David: Entorpece aho-
ra, oh Jehová, el consejo de Ahitofel. Cuando David llegó a