25. 24–36
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
I Samuel
450
de David, se inclinó a tierra; y se echó a sus pies, y dijo: Se-
ñor mío, sobre mí sea el pecado; mas te ruego que permitas
que tu sierva hable a tus oídos, y escucha las palabras de tu
sierva. No haga caso ahora mi señor de ese hombre perverso,
de Nabal; porque conforme a su nombre, así es. Él se llama
Nabal, y la insensatez está con él; mas yo tu sierva no vi a los
jóvenes que tú enviaste. Ahora pues, señor mío, vive Jehová,
y vive tu alma, que Jehová te ha impedido el venir a derramar
sangre y vengarte por tu propia mano. Sean, pues, como Nabal
tus enemigos, y todos los que procuran mal contra mi señor.
Y ahora este presente que tu sierva ha traído a mi señor, sea
dado a los hombres que siguen a mi señor. Y yo te ruego que
perdones a tu sierva esta ofensa; pues Jehová de cierto hará
casa estable a mi señor, por cuanto mi señor pelea las batallas
de Jehová, y mal no se ha hallado en ti en tus días. Aunque
alguien se haya levantado para perseguirte y atentar contra tu
vida, con todo, la vida de mi señor será ligada en el haz de los
que viven delante de Jehová tu Dios, y él arrojará la vida de
tus enemigos como de en medio de la palma de una honda. Y
acontecerá que cuando Jehová haga con mi señor conforme a
todo el bien que ha hablado de ti, y te establezca por príncipe
sobre Israel, entonces, señor mío, no tendrás motivo de pena
ni remordimientos por haber derramado sangre sin causa, o
por haberte vengado por ti mismo. Guárdese, pues, mi señor,
y cuando Jehová haga bien a mi señor, acuérdate de tu sierva.
Y dijo David a Abigail: Bendito sea Jehová Dios de Israel, que
te envió para que hoy me encontrases. Y bendito sea tu ra-
zonamiento, y bendita tú, que me has estorbado hoy de ir a
derramar sangre, y a vengarme por mi propia mano. Porque
vive Jehová Dios de Israel que me ha defendido de hacerte mal,
que si no te hubieras dado prisa en venir a mi encuentro, de
aquí a mañana no le hubiera quedado con vida a Nabal ni un
varón. Y recibió David de su mano lo que le había traído, y le
dijo: Sube en paz a tu casa, y mira que he oído tu voz, y te he
tenido respeto. Y Abigail volvió a Nabal, y he aquí que él te-
nía banquete en su casa como banquete de rey; y el corazón de
Nabal estaba alegre, y estaba completamente ebrio, por lo cual