-En primer lugar nos gustaría saber cómo surge tu afición a la pintura.
En mi casa, mi madre nos ponía a dibujar todos los veranos como una actividad más dentro de las tareas de vacaciones. Ella había empezado a estudiar en la Academia de Bellas Artes pero lo tuvo que dejar por problemas económicos en la familia. También en la escuela se dibujaba a menudo y me gustaba. En el Instituto tuve un profesor de Arte con el descubrí el mundo de la pintura. Estudiábamos los cuadros, las historias que había detrás, los diferentes estilos... y pensé que algún día yo también tendría algo que pintar.
Siempre había pensado dejar esta tarea para la jubilación, cuando tuviera tiempo, mucho tiempo libre. Pero un día me levanté pensando: ¿Y si no llegas a jubilarte? ¿Te vas a quedar con las ganas de pintar? Y busqué dónde apuntarme para comenzar en ese mismo momento.
¿Podrías explicarnos qué sientes cuando te enfrentas ante un lienzo en blanco y cuándo das por concluido un cuadro?
Un lienzo en blanco es una idea, una ilusión, un reto, ..No sabes por dónde te llevará, a qué distancia se encontrará de la idea que lo ha hecho nacer, cómo lo verán los demás, qué parte de ti vas a dejar ver. A un lienzo en blanco se le empieza a querer desde el mismo momento en que empiezas a preparar su superficie, imprimiendo con movimientos dirigidos, con intención, teniendo en tu mente una imagen, un deseo, un recuerdo, un fantasma...o simplemente al azar dejando que sea el cuadro el que te guíe y provoque un resultado distinto al imaginado en su origen.
Es difícil decir cuándo se da por concluido un cuadro. Siempre se puede hacer algo más. Hay que parar en un momento y decidir que ya no lo tocas. Cuando los termino, normalmente los dejo en mi casa a los pies de la chimenea. En ese período en el que lo dejas quieto hasta que consideras que está listo para barnizar, cada vez que lo miras puedes encontrar algo que te gustaría cambiar. A veces retocas y otras, no.