LETRINA
Número 8
Septiembre 2016
Quise meterlas en un sobre y enviarlas por paquetería hasta tu
casa, pero no sé tu dirección y las hojas para el mensajero no responden
a las señas que pudiera darles —que se suba al camión, que se baje en
tal calle, que camine dos cuadras hacia adentro, otras tres a la
izquierda y finalmente una a la derecha. Que toque tu puerta color azul
y que pregunte por ti—. Pero eso no es todo. Tampoco quisieron meterse
en un sobre. Lo intenté con todo. Poniendo un trozo de queso, con migajas
de mazapán, poniendo algo de Coca Cola en una tapita de refresco,
inclusive lo intenté poniendo una foto de nosotros dentro del sobre;
pero ni así quisieron meterse. Las muy canijas siguen viviendo en mis
bolsillos. Se han acomodado ahí, han comprado una sala, una chimenea —
¡una chimenea, hazme el favor!— y miran la tele siempre a la misma hora
todas las noches. No sé qué comen, pero sé que muertas de hambre no
están. Siguen teniendo la misma apariencia de cuando las vi por primera
vez, pero creo que están algo subidas de peso.
Quisiera dártelas mas no sé cómo. Son dos preguntas pequeñas, feas,
muy incómodas, que desde hace tiempo me están comiendo. Dos preguntas
bobas a las que les tengo algo de miedo. Cuando las preguntas beban tus
respuestas, desaparecerán. Sé que en varias ocasiones se transforman en
otra cosa. Tal vez en otra pregunta. Pero estas, estoy casi seguro, se
van a transformar en dolor. Y es precisamente ese dolor al que le tengo
miedo pues no sé qué diablos voy a hacer con él ni en dónde voy a ponerlo.
Estoy seguro que se transformarán en esa clase de dolor que se va a
vivir al corazón y que una vez ahí, cómodas, subirán sus pies encima de
un cojín, se colocarán las manos detrás de la nuca y cerrarán los ojos
suspirando, diciendo “ah qué bien se está aquí”.
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