Ellos tuvieron la culpa.
C
onfieso que cuando se trata de escribir, me viene un pudor
acomplejado nacido de admirar a quienes hilan frases, verbos, adjetivos, y los llevan a estallar con maestría certera en
el fondo de las almas que se dejan seducir.
Atreverse a teclear a título personal es ya en sí un acto de valor,
cuando no un impulso de huir del horror del “hubiera”. Sé que el
evitar equivocarme puede ser más peligroso que decir lo que me
nace. Por lo pronto, entre peras y manzanas, voy a contarles lo que
motivó estas líneas.
La ocasión llegó en estos días. Gracias a una crónica, supe del evento: el aniversario de la revista virtual LETRINA, editada por alumnos de la UMSNH, y en el que se harían lecturas selectas del último
número, en un bar del Centro de Morelia. La crónica me movió
fibras. Era la descripción de una batalla entre el fuego de las letras
y el mundo adormecido que no se deja atrapar por aquél.
La presentación, según cuenta el artículo, fue una cadena de fallas,
accidentes y sinsabores que concluyó con la vuelta sin gloria a sus
casas y en combi, de los editores de la publicación.
A pesar de las no pocas decepciones de la noche, tales como la
asistencia casi nula y la falta del proyector ofrecido por el bar, pude
percibir en el ánimo de la narración, un aire obstinado, optimista y
retador. El de los “necios” que logran “cosas.”
A fuerza de intentar una y otra vez, estoy seguro de que estos
jóvenes van a llegar a escenarios nuevos y mejores. No sin arañazos, pero, tocando a su paso, a las almas que se dejen seducir por el
fuego inmenso y abrasador de las letras.
Gracias.
Leopoldo Llorente
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