Leemos el camino segundo A Los chicos leemos El camino versión 2 B con introd | Page 92
—Es cierto que sabe salada también —dijo—. Eso es que te dañaste con la cerca
de alambre y no con la púa de una zarzamora como crees.
—No —saltó el Tiñoso, airado—; me rasgué la oreja con la púa de una zarzamora.
Estoy bien seguro.
—Eso crees tú.
Germán, el Tiñoso, no se daba por vencido. Agachó la cabeza a la altura de la
boca de sus compañeros.
¿Y mis calvas, entonces? —dijo con terca insistencia—. También saben saladas.
Y mis calvas no me las hice con ningún hierro. Me las pegó un pájaro.
El Moñigo y el Mochuelo se miraron atónitos, pero, uno tras otro, se inclinaron
sobre la morena cabeza de Germán, el Tiñoso, y lamieron una calva cada uno.
Daniel, el Mochuelo, reconoció en seguida:
—Sí, saben saladas.
Roque, el Moñigo, no dio su brazo a torcer:
—Pero eso no es una cicatriz. Las calvas no son cicatrices. Ahí no tuviste herida
nunca. Nada tiene que ver que sepan saladas.
Y el ventanuco iba oscureciéndose y el valle se tornaba macilento y triste, y ellos
seguían discutiendo sin advertir que se hacía de noche y que sobre el tejado de
pizarra repiqueteaba aún la lluvia y que el tranvía interprovincial subía ya
afanosamente vía arriba, soltando, de vez en cuando, blancos y espumosos
borbotones de humo, y Daniel, el Mochuelo, se compungía pensando que él
necesitaba una cicatriz y no la tenía, y si la tuviera, quizá podría dilucidar la
cuestión sobre si las cicatrices sabían saladas por causa del sudor, como
afirmaba el Tiñoso, o por causa del hierro, como decían el Moñigo y Lucas, el
Mutilado.
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