Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | страница 190
melodiosos conciertos matutinos entre la maleza. Las cosas adquirían precisión en
derredor; definían, paulatinamente, sus volúmenes, sus tonalidades y sus contrastes. El
valle despertaba al nuevo día con una fruición 613 aromática y vegetal. Los olores se
intensificaban, cobraban densidad y consistencia en la atmósfera circundante,
reposada y queda 614 .
Entonces se dio cuenta Daniel, el Mochuelo, de que no había pegado un ojo en toda
la noche. De que la pequeña y próxima historia del valle se reconstruía en su mente
con un sorprendente lujo de pormenores. Lanzó su mirada a través de la ventana y la
posó en la bravía y aguda cresta del Pico Rando. Sintió entonces que la vitalidad del
valle le penetraba desordenada e íntegra y que él entregaba la suya al valle en un
vehemente deseo de fusión, de compenetración íntima y total. Se daban uno al otro
en un enfervorizado anhelo de mutua protección, y Daniel, el Mochuelo, comprendía
que dos cosas no deben separarse nunca cuando han logrado hacerse la una al modo
y medida de la otra.
No obstante, el convencimiento de una inmediata separación le desasosegaba 615 ,
aliviando la fatiga de sus párpados. Dentro de dos horas, quizá menos, él diría adiós al
valle, se subiría en un tren y escaparía a la ciudad lejana para empezar a progresar. Y
sentía que su marcha hubiera de hacerse ahora, precisamente ahora que el valle se
endulzaba con la suave melancolía del otoño y que a Cuco, el factor 616 , acaban de
uniformarle con una espléndida gorra roja. Los grandes cambios rara vez resultan
oportunos y consecuentes con nuestro particular estado de ánimo.
'Goce o placer intensos'
Quieta
615
Preocupaba, inquietaba
616
cartero
613
614