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El Moñigo soltó al aire una risita seca.
—Éste es lila —dijo—. La Mica cuando se muera olerá a demonios como todo hijo de
vecino.
Daniel, el Mochuelo, no se entregó.
-La Mica es muy buena y puede morir en olor de santidad.
Roque, el Moñigo, se sulfuró:
—Eso es un decir. No creas que los santos huelen a colonia. Para Dios, sí, pero para los
que olemos con las narices, no. Mira don José. Creo que no puede haber hombre más
santo, ¿eh? ¿Y no le apesta la boca? Don José será todo lo santo que quieras, pero
cuando se muera olerá mal, como la Mica, como tú, como yo y como todo el mundo.
Germán, el Tiñoso, desvió la conversación. Hacía tan sólo dos semanas del asalto a la
finca del Indiano. Entornó 416 los ojos para hablar. Le costaba grandes esfuerzos
expresarse. Su padre, el zapatero,
aseguraba que se le escapaban las ideas por las calvas.
—¿Os fijasteis... os fijasteis —preguntó de pronto— en la piel de la Mica? Parece como
que la tiene de seda.
—Eso se llama cutis... tener cutis —aclaró Roque, el Moñigo, y añadió—: De todo el
pueblo es la Mica la única que tiene cutis.
Daniel, el Mochuelo, experimentó un gran gozo al saber que la Mica era la única
persona del pueblo que tenía cutis.
—Tiene la piel como una manzana con lustre —aventuró tímidamente.
Roque, el Moñigo, siguió con lo suyo:
—La Josefa, la que se suicidó por el Manco, era gorda, pero por lo que dicen mi padre
y la Sara también tenía cutis. En las capitales hay muchas mujeres que lo tienen. En los
pueblos, no, porque el sol les quema el pellejo o el agua se lo arruga.
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Entorno: Volver la puerta o la ventana sin cerrarla del todo .