A principios del siglo XVIII, la devoción Guadalupana a se encontraba en una etapa de consolidación y amplia difusión. La elección de los frailes franciscanos sobre la devoción que debía de tener el Colegio de Propaganda Fide, se debió a una actitud de reconocimiento de la importancia que tenía la Virgen de Guadalupe como devoción propia del pueblo novohispano. En el remate de este lienzo se observa a San José con El Niño Jesús. Los símbolos, la historia, algunos códices y la tradición oral –fielmente transmitida de padres a hijos y plena en valores trascendentales- hacen que la sagrada imagen de la Santísima Virgen María de Guadalupe constituya para el pueblo indígena un códice pictográfico que pudo ser leído y valorado desde el primer momento. Para los frailes cristianos, fueron certezas religiosas lo que allí entendieron:
María se encuentra estampada en
actitud de oración y recogimiento, lo que no se alejaba de las imágenes tradicionales por ellos conocidas; pero los religiosos comprobaron principalmente el impacto gozoso con que los naturales la acogieron. “Si para los españoles la aparición del Tepeyacac no era más que una de tantas, para los indígenas vino a ser una resurrección”.
José de Alcíbar fue un pintor mexicano activo entre 1751 y 1806. Fue uno de los artistas más representativos de la Ciudad de México durante la segunda mitad del siglo XVIII, siendo uno de los miembros fundadores de la “Real Academia de Bellas Artes de San Carlos en 1784, trabajo hasta su fallecimiento. Y cultivo sobre todo la pintura de tema religioso y el retrato. Alcíbar, tras haber sido formado dentro de la tradición barroca y el mundo gremial, fue uno de los primeros profesores que formaron parte de la Real Academia de San Carlos, que se fundó con el objetivo de otorgar a los artistas una formación con rigor. Se considera uno de los últimos artistas del virreinato. Lo que más sobresale en este lienzo es su manto y el color dorado que utilizan en diversos bordes.
“Virgen de Guadalupe” por José de Alcíbar.